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viernes, 13 de noviembre de 2020

Historias de la Nueva Era: Lo mejor que habían visto mis ojos (Desconfinando la memoria)


La otra tarde, en el Islandia de RAC1, pidieron a los oyentes que participasen, en mensajes de voz, contando cuál había sido lo mejor que habían visto sus ojos. Ese momento impresionante.

Como sucede en los concursos, en que uno participa íntimamente, aunque no lo haga en la realidad, pero sí consiguen que lo hagamos de forma virtual; naturalmente me hizo intentar encontrar cuál había sido ese “mi” momento. Evidentemente momentos impactantes a lo largo de nuestra vida tenemos muchos, pero todos los que llamaron hacían referencia a los ocurridos durante algún viaje, así que mi mente también se constriñó a esa circunstancia.

Las respuestas resultaban muy sugerentes “los millones de estrellas de una noche en el desierto”, “la llegada y el entorno del Machu Pîcchu”, “la impresionante visión del Annapurna” …

 

La noche del 21 de julio de 2015 la habíamos pasado en el alto de Furkapass, a 2.436 metros de altitud, en pleno corazón de los Alpes suizos. Fue una noche de mucha tormenta y poca agua, pero a las 4,30 el cielo estaba en calma y decidí levantarme a fotografiar la salida del sol, que tuvo inicio a las 5 de la mañana “con puntualidad suiza”.

Miguel salió con su bici a machacarse en los puertos y yo, ya que estaba levantado a esas horas, decidí que era inexcusable hacer una excursión al glaciar que se veía en un pico próximo de donde estábamos ubicados. Tampoco me quise presionar, si llegaba, bien, y si no, hasta donde llegase. Eché en la mochila un trozo de pan, otro de queso, un botellín de cerveza, y como no, “El caminante” de Hesse, al que ya me he referido en otra ocasión.

Llegar hasta el glaciar no tuvo mucho mérito, pues apenas estaba a unos tres kilómetros de distancia y los dos primeros eran de pendiente tendida. La única preocupación de seguir más allá, era que había dejado el móvil en la auto caravana y si sufría un percance, aunque solo fuera una torcedura de tobillo, nadie sabría dónde estaba. Nunca antes había tenido una sensación así, por lo que concluí que el móvil en realidad nos hacía más esclavos de él, que libres.

Una vez llegado a la nieve y el hielo del circo, saqué mi almuerzo, y mientras lo disfrutaba, me perdí en aquel horizonte de montañas piramidales, adornadas con lo que supongo nieves perpetuas, aunque cada vez más perecederas, cuyas siluetas cambiaban de forma y color por las sombras de las nubes que se desplazaban a bastante velocidad. Frente a mí, el impresionante glaciar del Ródano, de reflejo metálico, brillaba en lo que suponía hielo como el que yo mismo acababa de pisar, de un azul acuoso, en cuyo interior de grosor indefinido, parecían flotar las piedras que había ido engullendo en su, casi imperceptible, lento descenso. Residuos atrapados, como esos insectos u objetos oclusionados en bloques de resina.

Miraba todo aquello, y siento que ese fue mi momento impresionante. Impresionante porque de repente me vi allí como separado del mundo. Sentí que ese mundo, mi mundo, podía funcionar perfectamente sin mí. Que pudiera ser importante, e incluso muy importante, para algunas personas, pero que no era imprescindible para su vida, y eso me daba una enorme tranquilidad. De repente no me importaba nada de lo que estaba pasando en esos momentos ahí fuera… y me sentí muy bien.

“… El mundo es más hermoso. Estoy solo, y la soledad no me hace sufrir. No deseo otra cosa. Estoy dispuesto a dejarme cocer por el sol. Siento avaricia de madurar. Estoy dispuesto a morir, dispuesto a nacer de nuevo...” (El caminante)

 

En mi pos adolescencia (en un viaje a Tarifa), compré “El caminante” de Hesse. No lo conocía, simplemente me atrajo la sinopsis…

“… documenta una de las fases más importantes de su evolución: el distanciamiento de los rituales de la existencia y la seguridad burguesas, el paso de la vida activa a la vida contemplativa…”

Y principalmente, me pareció de un tamaño adecuado para rellenar algunos huecos de los días vacacionales.

Escrito en 1918, Hesse, en prosa, poemas y apuntes de acuarela, narra sus sensaciones en una travesía a pie que lo lleva desde Alemania a Italia, atravesando los Alpes. Mi mente soñadora viajaba con él. Ambos atravesábamos aquel paso de montaña, nos acercábamos a una aldea y también yo sentía en mi paladar el sabor de aquel vaso de vino, tomado bajo la parra de un hogar del camino.

Ese día estaba en esos mismos Alpes, a apenas una decena de kilómetros de territorio italiano, un par de montes más allá, en mitad de un amplio semicírculo de nieve fresca y hielo, bajo un pico culminado por una cruz. Lo sentía como algo natural, en absoluto excepcional, y busqué entre las páginas:

“El viento sopla sobre el valiente sendero. Árboles y arbustos han quedado atrás, aquí solo hay piedra y crece el musgo. Nadie tiene nada que buscar aquí, nadie posee nada, los campesinos no tienen heno ni madera en estas alturas. Pero la lejanía atrae, el anhelo consume, y ellos son quienes han construido, a través de rocas, pantanos y nieve, este buen sendero que conduce a otros valles, otras casas, otras lenguas y otros hombres.

Me detengo en el punto más alto del paso. El camino desciende por ambos lados, hacia ambos lados fluye el agua, y lo que aquí se encuentra próximo y va de la mano, halla su derrotero hacia dos mundos…”

 

Ya era mediodía, las ovejas que tanto me habían “impresionado” la tarde anterior (a las que me referiré próximamente), ya habían alcanzado la mitad de la ladera del valle a mis pies. Había llegado la hora de regresar y reincorporarme al mundo real…

¿Y tú? ¿Qué es lo mejor que han visto tus ojos, los exteriores y también los interiores?

 

“... vencer el sedentarismo y despreciar las fronteras convierte a la gente de mi clase en postes indicadores del futuro. Si hubiera más personas que sintieran mi profundo desprecio por las fronteras, no habría más guerras ni bloqueos. No existe nada más odioso que las fronteras, nada más estúpido. Son como cañones, como generales: mientras reina el buen sentido, la humanidad y la paz, no nos percatamos de su existencia y sonreímos ante ellas, pero en cuanto estallan la guerra y la demencia, se convierten en importantes y sagradas…”


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