Historias de la Nueva Era: El Rata (Desconfinando la memoria)
A primeros de los sesenta, mi padre tenía en casa algo más de
una docena de gallinas. El gallinero estaba en el jardín de arriba, y en la
tapia que daba a lo que debiera ser una calle, pero que no era más que un talud
de la propia montaña, había practicado un agujero, poco más grande del tamaño
de estos animales que, a través de una pasarela de quita y pon, salían
directamente a lo que, como he dicho, solo era campo.
Por la mañana abría la trampilla y allá que bajaban ellas,
cacareando todas chulas, y una vez en tierra, picoteando todo bicho viviente
comestible que encontraban por el camino, hasta alcanzar su destino favorito;
el surco de aguas fecales que, ya en la parte baja de la calle, expulsaba el
pozo ciego de la vivienda. Allí las gallinas escarbaban sin descanso,
atracándose de lombrices y otros seres infectos.
El surco de apestosas aguas, fluía sin descanso día y noche,
y tras un recorrido de algo menos de una decena de metros, llenaba una gran
cubeta cilíndrica de uralita, que se encontraba casi enteramente enterrada, en
el huerto del señor Jiménez, un anciano, enjuto y malcarado, que aparecía y desaparecía,
siempre bajo un descompuesto sombrero de paja, y cuando llovía, cubierto con un
saco de esparto doblado a modo de capucha sobre la cabeza, azada al hombro. El
viejo, casi siempre de mal humor y renegando de que le robaban parte de su
siembra, no le hacía ascos a estas “aguas”, con que la que regaba.
El sol se iba a acostar tras las montañas de El Garraf, y
como cada día en el ocaso, las gallinas enfilaban la pasarela de vuelta al
gallinero y a los “ponederos”. Poco después, habría que recoger los huevos aun
calientes, o meterle el dedo en el culo a alguna, para ver si estaba a punto y
ayudarla a expulsarlo.
Cierta noche, mi madre, que al parecer tenía el sueño más
ligero que mi padre, lo zarandeó en la cama:
-Rafael… arriba se escuchan ruidos muy raros, parece como si
alguien caminase por “el terrao”…
Esperaron callados un rato, aguzando los oídos.
-Yo no escucho nada. Estarías soñando… anda duérmete.
-Que no, que no estaba soñando…
Entonces se escucharon las gallinas cacareando
estruendosamente y eso si que no era normal para unos animales que parecen
morir de sol a sol.
-¡Me cago en la madre que los parió…! o ha entrado alguien
arriba o es algún bicho… (Pocas semanas antes, tenía un par de pajarillos en
una jaula colgada del cobertizo de arriba, y cuando llegó por la mañana, lo que
encontró dentro de la jaula fue tan solo una culebra. Se había introducido entre
los barrotes y zampado los dos pájaros, cayendo en su propia trampa. Una vez en
su estomago, mientras extraía sus jugos, el grosor le impidió volver a salir).
Por aquellos años, la calle, de unos ciento cincuenta metros
de larga, tan solo estaba iluminada por dos tristes y amarillentas bombillas,
bajo una especie de plato de porcelana, enclavados en sendos postes de madera,
a los que, cuando se fundía la bombilla, cosa que sucedía muy habitualmente,
debía subir un operario, que se ataba en cada pie, mediante unas correas de
cuero, unos hierros con forma de hoz y pinchos en su interior, que iba clavando
en la madera golpeando con sus pies ,hasta alcanzar los cuatro o cinco metros
de la bombilla o los cables.
“El terrao” tampoco era una feria precisamente, y solo había
una tristísima bombilla al final de la escalera, así que mi padre tampoco las
tenía todas consigo y subió con muchas precauciones, pero al mismo tiempo
haciendo mucho ruido, esperando que, si había alguien, más que enfrentarse a
él, este saliese huyendo.
-¡Me cago en la madre que te parió… si te pillo te voy a
abrir la cabeza…! -Dando grandes voces y golpeando la pared de la escalera con
lo único que tuvo a mano, el palo de la escoba.
Efectivamente, cuando llegó arriba ya no había nadie, pero la
puerta del gallinero estaba abierta, y quien fuera había salido por piernas,
tan deprisa que perdió “hasta la boina”, y no era un decir pues efectivamente,
allí en el suelo junto a la tapia había una boina y a cambio de ella, se había
llevado cuatro gallinas.
Al día siguiente, fue a denunciarlo a la Guardia Civil, que
por entonces tenía “cuartelillo” en Esplugas…
-Usted no se preocupe, que ya nos suponemos quien es… ese va
a ser “el Rata”, que ya lleva un tiempo rondando por aquí y nos está tocando
los cojones. Pásese mañana, que ya tendremos aquí sus gallinas…
Al día siguiente mi padre volvió al cuartelillo.
-¿Cogieron al Rata?
-Claro que lo cogimos… decía que no sabía “na”, pero le dimos
una somanta de palos y vaya si cantó. A este se le van a quitar las ganas de
apropiarse de lo ajeno por mucho tiempo…
-¿Y las gallinas…? –preguntó mi padre.
-¿Las gallinas…? Ah, las gallinas… dice que se las comió…
-¿Todas en un día…?
-Todas.
En los tiempos de la dictadura decían que este país tenía la
mejor policía del mundo, y de aquellos guardias civiles, de uniformes desentallados
y ridículos y enormes tricornios, no escapaba nadie, porque no había mejor
investigación para resolver un caso, que una somanta de palos… lo de menos es
si eras inocente.
Tampoco parecían muy originales para apodar a un presunto
delincuente, porque en aquellos años, los años de la escasez, a los ladrones,
que mayoritariamente robaban para comer, les llamaba “rateros”.
Mi padre tuvo sentimientos encontrados. Cabreo porque le
habían robado cuatro de sus lozanas gallinas, preocupación porque si alguien
había entrado una noche, podían entrar en cualquier otro momento y cualquier
ruido en la parte de arriba lo ponía en alerta y, además, también tenía un
sentimiento de pena por aquel pobre “desgraciao” del Rata, al que la Guardia
Civil le había encolomado el muerto y dado una paliza, de lo que no podía
evitar sentirse un poco culpable.
Mi madre Eugenia se tomaba la vida de forma menos seria
(aunque por lo visto, la vida no tiene mucho sentido del humor e incluso parece
un poco vengativa), y le sacó su parte divertida al asunto. Ahí está, en la
terraza de casa con la boina que había perdido el “roba gallinas” en su huida.
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