Aquel 21 de
julio de 1991
Pasada la media noche del viernes 19 se escucharon unos
ruidos extraños en el exterior. Me asomé a la terraza y vi al principio de la
calle, en la intersección con uno de los dos caminos que, unos cien metros más
arriba, llegaban a los depósitos del agua, una furgoneta de la que dos
personajes sacaban sacos de plástico con lo que más tarde descubrí eran runas
(restos de obra). Una vez acabada la faena salieron a toda prisa desapareciendo
del barrio. Llamé a la Local para explicarles lo que había pasado y a día de
hoy aún estoy esperado que vengan a verlo.
Al día siguiente íbamos con mi padre a la playa y paramos en
la plaza del Ayuntamiento para no recuerdo qué, justo cuando el alcalde salía
del mismo. Mi padre se dirigió a él:
-Pérez, anoche tiraron unos sacos de obra en Finestrellas,
llamamos a la policía y no vinieron. Eso hay que quitarlo porque han cortado
una calle que va a los depósitos…
-No se preocupe, que tomo nota y doy parte para que vayan a
limpiarlo.
Empezaron a llegar camiones de bomberos y se inició el caos.
La toma de agua estaba en los depósitos del agua a los que, como he dicho, se
llegaba por dos caminos que confluían en ellos, diseñados específicamente para
que por uno entrasen los camiones y saliesen por el otro. De repente los
vehículos se colapsaron, los bomberos excitados y nerviosos intentaban ordenar
todo aquello, mientras las llamas se comían literalmente la montaña.
Las runas esas que habíamos denunciado a la policía local y
al propio alcalde, no habían sido retiradas. Los camiones no podían utilizar esa
vía y por tanto tenían que ir uno a uno a cargar el agua y esperar a que, después de hacerlo, saliese el vehículo por el único camino libre para poder
entrar el siguiente.
El infierno aquel se llevó por delante hasta un camión de
bomberos, y durante la jornada algunos de aquellos hombres llegaban hasta la
misma puerta de casa, exhaustos, los
rostros tumefactos, sin apenas poderse mover, tosiendo, tumbados en plena calle,
con las chaquetas abiertas intentando absorber algo de oxígeno, mientras
nosotros los proveíamos de agua para beber y refrescarse. La situación
privilegiada de la casa también hizo que durante algunas horas se convirtiera
en el centro de operaciones, pues desde la terraza de arriba se divisaba casi
toda la zona incendiada.
La casa del vigilante de las aguas estaba situada en medio de
la ladera de San Pere Mártir y las llamas la rodearon por completo, lamieron
parte del tejado de la vivienda, se llevaron por delante los dos cisnes y
algunos otros animales de corral que tenían, y la familia tuvo que huir a refugiarse en
la cueva que había sido la mina donde se inició la construcción de los
depósitos.
El resultado del incendio es de los que se denominan de escasos
daños materiales, porque solo destruyó maleza y algunos pinos, sin daños
personales. Eso es desde la perspectiva humana, claro. Al día siguiente subimos
a la montaña, y allí, entre un paisaje carbonizado, quedaban los restos de la
verdadera tragedia “no humana”. Miles de animales habían desaparecido
carbonizados, por no tener donde huir ante la rapidez con la que se propagó el
incendio. Conejos, erizos, culebras, por no hablar de esos miles de rango
menor, todos considerados daños colaterales.
Emilio, el guarda de las aguas, me contó la odisea que habían
sufrido sin haber asumido aun la pérdida de sus cisnes, también que esa mañana
habían tenido una reunión los responsables de emergencias, bomberos y
municipios afectados, para analizar lo que había ocurrido y elaborar un plan de
prevención. Esa misma noche, de madrugada, un furgón del Ayuntamiento de
Esplugues retiró las runas que nosotros habíamos denunciado hacía tres días y
dejaron el camino como una patena.
Antoni Pérez fue el primer alcalde democrático del municipio después de la dictadura. Tomó posesión en abril 1979 y en marzo de 1998, un mes antes de cumplir los diecinueve años de mayorías absolutas, se vio obligado a dimitir, condenado e inhabilitado por corrupción al haber firmado la cesión de unos terrenos (que por otro lado eran de titularidad compartida con otros tres municipios), a la empresa de la que uno de sus hijos era administrador único.
La Vanguardia del día 22 de julio de informaba en portada del
incendio y en la página de sucesos lo desarrollaba. Ahí se recogen unas
declaraciones del alcalde de Esplugues a Europa Press, donde dice:
“solicitaré una reunión urgente del Patronato de Collçerola
para que se instalen bocas de incendio, ya que el principal problema con el que
se encontraron los bomberos fue el del abastecimiento del agua para los
vehículos autobombas”
¿Se puede ser más sinvergüenza?
Veintinueve años después, ordenando por enésima vez las más
de 100.000 fotografías de mi archivo personal, he visto las de ese año, y
leyendo la noticia en la hemeroteca de La Vanguardia, no he podido evitar una
sensación de rabia y asco por no haberla leído en su momento y desahogarme con
ese impresentable.
a quemar
cosas, y efectivamente las quemaron, pero eso quedaba para nosotros porque,
entre otras cosas, todos tenemos nuestros muertos en el jardín.

No hay comentarios:
Publicar un comentario