Vistas de página en total

miércoles, 4 de marzo de 2020

 

Aquel 21 de julio de 1991

Pasada la media noche del viernes 19 se escucharon unos ruidos extraños en el exterior. Me asomé a la terraza y vi al principio de la calle, en la intersección con uno de los dos caminos que, unos cien metros más arriba, llegaban a los depósitos del agua, una furgoneta de la que dos personajes sacaban sacos de plástico con lo que más tarde descubrí eran runas (restos de obra). Una vez acabada la faena salieron a toda prisa desapareciendo del barrio. Llamé a la Local para explicarles lo que había pasado y a día de hoy aún estoy esperado que vengan a verlo.

Al día siguiente íbamos con mi padre a la playa y paramos en la plaza del Ayuntamiento para no recuerdo qué, justo cuando el alcalde salía del mismo. Mi padre se dirigió a él:

-Pérez, anoche tiraron unos sacos de obra en Finestrellas, llamamos a la policía y no vinieron. Eso hay que quitarlo porque han cortado una calle que va a los depósitos…

-No se preocupe, que tomo nota y doy parte para que vayan a limpiarlo.

 El domingo 21 hacía un calor como no podía ser de otra manera para el mes de julio, un calor seco en un día sin rastro de humedad, bajo un cielo totalmente azul limpiado por una notable brisa. A media mañana nos alertó una gran nube de humo o quizás el ruido que la acompañó. Grandes llamaradas se alzaron desde la parte baja del barranco, donde se cebaron en las zarzas y matorrales que tras varios años sin incendios y sin ningún tipo de limpieza, lo habían convertido en una jungla reseca. Rápidamente el fuego emprendió una descontrolada carrera ladera arriba, ocultando la montaña bajo una enorme nube de humo.

Empezaron a llegar camiones de bomberos y se inició el caos. La toma de agua estaba en los depósitos del agua a los que, como he dicho, se llegaba por dos caminos que confluían en ellos, diseñados específicamente para que por uno entrasen los camiones y saliesen por el otro. De repente los vehículos se colapsaron, los bomberos excitados y nerviosos intentaban ordenar todo aquello, mientras las llamas se comían literalmente la montaña.

Las runas esas que habíamos denunciado a la policía local y al propio alcalde, no habían sido retiradas. Los camiones no podían utilizar esa vía y por tanto tenían que ir uno a uno a cargar el agua y esperar a que, después de hacerlo, saliese el vehículo por el único camino libre para poder entrar el siguiente.

El infierno aquel se llevó por delante hasta un camión de bomberos, y durante la jornada algunos de aquellos hombres llegaban hasta la misma  puerta de casa, exhaustos, los rostros tumefactos, sin apenas poderse mover, tosiendo, tumbados en plena calle, con las chaquetas abiertas intentando absorber algo de oxígeno, mientras nosotros los proveíamos de agua para beber y refrescarse. La situación privilegiada de la casa también hizo que durante algunas horas se convirtiera en el centro de operaciones, pues desde la terraza de arriba se divisaba casi toda la zona incendiada.

La casa del vigilante de las aguas estaba situada en medio de la ladera de San Pere Mártir y las llamas la rodearon por completo, lamieron parte del tejado de la vivienda, se llevaron por delante los dos cisnes y algunos otros animales de corral que tenían, y la familia tuvo que huir a refugiarse en la cueva que había sido la mina donde se inició la construcción de los depósitos.

El resultado del incendio es de los que se denominan de escasos daños materiales, porque solo destruyó maleza y algunos pinos, sin daños personales. Eso es desde la perspectiva humana, claro. Al día siguiente subimos a la montaña, y allí, entre un paisaje carbonizado, quedaban los restos de la verdadera tragedia “no humana”. Miles de animales habían desaparecido carbonizados, por no tener donde huir ante la rapidez con la que se propagó el incendio. Conejos, erizos, culebras, por no hablar de esos miles de rango menor, todos considerados daños colaterales.

Emilio, el guarda de las aguas, me contó la odisea que habían sufrido sin haber asumido aun la pérdida de sus cisnes, también que esa mañana habían tenido una reunión los responsables de emergencias, bomberos y municipios afectados, para analizar lo que había ocurrido y elaborar un plan de prevención. Esa misma noche, de madrugada, un furgón del Ayuntamiento de Esplugues retiró las runas que nosotros habíamos denunciado hacía tres días y dejaron el camino como una patena.

Antoni Pérez fue el primer alcalde democrático del municipio después de la dictadura. Tomó posesión en abril 1979 y en marzo de 1998, un mes antes de cumplir los diecinueve años de mayorías absolutas, se vio obligado a dimitir, condenado e inhabilitado por corrupción al haber firmado la cesión de unos terrenos (que por otro lado eran de titularidad compartida con otros tres municipios), a la empresa de la que uno de sus hijos era administrador único.

La Vanguardia del día 22 de julio de informaba en portada del incendio y en la página de sucesos lo desarrollaba. Ahí se recogen unas declaraciones del alcalde de Esplugues a Europa Press, donde dice:

“solicitaré una reunión urgente del Patronato de Collçerola para que se instalen bocas de incendio, ya que el principal problema con el que se encontraron los bomberos fue el del abastecimiento del agua para los vehículos autobombas”

¿Se puede ser más sinvergüenza?

Veintinueve años después, ordenando por enésima vez las más de 100.000 fotografías de mi archivo personal, he visto las de ese año, y leyendo la noticia en la hemeroteca de La Vanguardia, no he podido evitar una sensación de rabia y asco por no haberla leído en su momento y desahogarme con ese impresentable.

 Los vecinos supimos cómo había empezado aquello. Dos hermanos de cuatro y seis años jugaban con unas cerillas, es de suponer que


a quemar cosas, y efectivamente las quemaron, pero eso quedaba para nosotros porque, entre otras cosas, todos tenemos nuestros muertos en el jardín.




No hay comentarios: