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lunes, 23 de marzo de 2020

Historias de la Nueva Era: El Rata (Desconfinando la memoria)

A primeros de los sesenta, mi padre tenía en casa algo más de una docena de gallinas. El gallinero estaba en el jardín de arriba, y en la tapia que daba a lo que debiera ser una calle, pero que no era más que un talud de la propia montaña, había practicado un agujero, poco más grande del tamaño de estos animales que, a través de una pasarela de quita y pon, salían directamente a lo que, como he dicho, solo era campo.

Por la mañana abría la trampilla y allá que bajaban ellas, cacareando todas chulas, y una vez en tierra, picoteando todo bicho viviente comestible que encontraban por el camino, hasta alcanzar su destino favorito; el surco de aguas fecales que, ya en la parte baja de la calle, expulsaba el pozo ciego de la vivienda. Allí las gallinas escarbaban sin descanso, atracándose de lombrices y otros seres infectos.

El surco de apestosas aguas, fluía sin descanso día y noche, y tras un recorrido de algo menos de una decena de metros, llenaba una gran cubeta cilíndrica de uralita, que se encontraba casi enteramente enterrada, en el huerto del señor Jiménez, un anciano, enjuto y malcarado, que aparecía y desaparecía, siempre bajo un descompuesto sombrero de paja, y cuando llovía, cubierto con un saco de esparto doblado a modo de capucha sobre la cabeza, azada al hombro. El viejo, casi siempre de mal humor y renegando de que le robaban parte de su siembra, no le hacía ascos a estas “aguas”, con que la que regaba.

El sol se iba a acostar tras las montañas de El Garraf, y como cada día en el ocaso, las gallinas enfilaban la pasarela de vuelta al gallinero y a los “ponederos”. Poco después, habría que recoger los huevos aun calientes, o meterle el dedo en el culo a alguna, para ver si estaba a punto y ayudarla a expulsarlo.

 

Cierta noche, mi madre, que al parecer tenía el sueño más ligero que mi padre, lo zarandeó en la cama:

-Rafael… arriba se escuchan ruidos muy raros, parece como si alguien caminase por “el terrao”…

Esperaron callados un rato, aguzando los oídos.

-Yo no escucho nada. Estarías soñando… anda duérmete.

-Que no, que no estaba soñando…

Entonces se escucharon las gallinas cacareando estruendosamente y eso si que no era normal para unos animales que parecen morir de sol a sol.

-¡Me cago en la madre que los parió…! o ha entrado alguien arriba o es algún bicho… (Pocas semanas antes, tenía un par de pajarillos en una jaula colgada del cobertizo de arriba, y cuando llegó por la mañana, lo que encontró dentro de la jaula fue tan solo una culebra. Se había introducido entre los barrotes y zampado los dos pájaros, cayendo en su propia trampa. Una vez en su estomago, mientras extraía sus jugos, el grosor le impidió volver a salir).

Por aquellos años, la calle, de unos ciento cincuenta metros de larga, tan solo estaba iluminada por dos tristes y amarillentas bombillas, bajo una especie de plato de porcelana, enclavados en sendos postes de madera, a los que, cuando se fundía la bombilla, cosa que sucedía muy habitualmente, debía subir un operario, que se ataba en cada pie, mediante unas correas de cuero, unos hierros con forma de hoz y pinchos en su interior, que iba clavando en la madera golpeando con sus pies ,hasta alcanzar los cuatro o cinco metros de la bombilla o los cables.

“El terrao” tampoco era una feria precisamente, y solo había una tristísima bombilla al final de la escalera, así que mi padre tampoco las tenía todas consigo y subió con muchas precauciones, pero al mismo tiempo haciendo mucho ruido, esperando que, si había alguien, más que enfrentarse a él, este saliese huyendo.

-¡Me cago en la madre que te parió… si te pillo te voy a abrir la cabeza…! -Dando grandes voces y golpeando la pared de la escalera con lo único que tuvo a mano, el palo de la escoba.

Efectivamente, cuando llegó arriba ya no había nadie, pero la puerta del gallinero estaba abierta, y quien fuera había salido por piernas, tan deprisa que perdió “hasta la boina”, y no era un decir pues efectivamente, allí en el suelo junto a la tapia había una boina y a cambio de ella, se había llevado cuatro gallinas.

Al día siguiente, fue a denunciarlo a la Guardia Civil, que por entonces tenía “cuartelillo” en Esplugas…

-Usted no se preocupe, que ya nos suponemos quien es… ese va a ser “el Rata”, que ya lleva un tiempo rondando por aquí y nos está tocando los cojones. Pásese mañana, que ya tendremos aquí sus gallinas…

Al día siguiente mi padre volvió al cuartelillo.

-¿Cogieron al Rata?

-Claro que lo cogimos… decía que no sabía “na”, pero le dimos una somanta de palos y vaya si cantó. A este se le van a quitar las ganas de apropiarse de lo ajeno por mucho tiempo…

-¿Y las gallinas…? –preguntó mi padre.

-¿Las gallinas…? Ah, las gallinas… dice que se las comió…

-¿Todas en un día…?

-Todas.

 

En los tiempos de la dictadura decían que este país tenía la mejor policía del mundo, y de aquellos guardias civiles, de uniformes desentallados y ridículos y enormes tricornios, no escapaba nadie, porque no había mejor investigación para resolver un caso, que una somanta de palos… lo de menos es si eras inocente.

Tampoco parecían muy originales para apodar a un presunto delincuente, porque en aquellos años, los años de la escasez, a los ladrones, que mayoritariamente robaban para comer, les llamaba “rateros”.

 

Mi padre tuvo sentimientos encontrados. Cabreo porque le habían robado cuatro de sus lozanas gallinas, preocupación porque si alguien había entrado una noche, podían entrar en cualquier otro momento y cualquier ruido en la parte de arriba lo ponía en alerta y, además, también tenía un sentimiento de pena por aquel pobre “desgraciao” del Rata, al que la Guardia Civil le había encolomado el muerto y dado una paliza, de lo que no podía evitar sentirse un poco culpable.

Mi madre Eugenia se tomaba la vida de forma menos seria (aunque por lo visto, la vida no tiene mucho sentido del humor e incluso parece un poco vengativa), y le sacó su parte divertida al asunto. Ahí está, en la terraza de casa con la boina que había perdido el “roba gallinas” en su huida.





domingo, 22 de marzo de 2020

Historias de la Nueva Era: Aferrarse a la vida (Desconfinando la memoria)

A Alejandro lo nacieron cuando apenas había cumplido los seis meses de gestación. En ese momento pesaba 900 gramos que unas pocas horas después se convirtieron en 750. Eso fue un 25 de octubre de 1989. Todas las noches, ya de madrugada para evitar aglomeraciones de las familias de los otros niños y niñas que también estaban allí, y no molestar el trabajo de médicos y enfermeras, íbamos junto a esa incubadora con el corazón en vilo en una evolución que como pasa en estos casos estaba llena de altibajos. Más o menos a las tres semanas, cuando le pudieron retirar la alimentación inducida, nos lo dejaron coger en brazos porque decían las enfermeras que era bueno que siéntese el calor de sus padres (yo me figuro que también nuestro olor y nuestra voz), y de paso le diésemos esa última comida del día.

Una noche les pregunté si podía llevar la cámara para hacerle una foto y me dijeron que si porque a las horas que íbamos no molestaríamos, pero sin flash. Creo yo que debía ser al mes de su nacimiento y le hice una decena de fotos, básicamente en brazos de su madre, en diapositivas que era el formato que utilizaba por aquellos tiempos. Después de retornarlo nuevamente a la incubadora tras haber comido, Alejandro, con su manita que apenas tenía el grosor de un dedo de adulto, se agarró fuertemente al dedo de mamá Rocío. Se agarró a la vida.

 

Últimamente dedico más tiempo del habitual (ya es dedicar) a meterme en los archivos fotográficos como lo haría un arqueólogo en su excavación, desenterrando esas miles de piezas para desechar toda la basura que vamos guardando “gracias” a la era digital (fotos “casi” iguales, movidas, desenfocadas, etc.,) pero que uno no borra por si acaso (por si acaso, ¿qué?) También como ellos, me dedico a pasar la escobilla por encima de las piezas importantes (simplemente las que me gustan), para pulirlas y/o editar alguna que le falta algún retoque, por lo que, como no se me apetece escribir sobre lo que estamos viviendo, porque uno tiene sentimientos encontrados, pero uno común, el estado de ánimo deprimido, probablemente ponga alguna por aquí.





miércoles, 18 de marzo de 2020

Historias de la Nueva Era: Aforismos

Hace ya mucho que, como otra tanta gente, aplico ciertos aforismos que otros han pensado por mí, para aplicarlos en ciertas situaciones que nos pone la vida. En estas últimas horas, trato de convencer a mi cerebro de dos principios que debe aprovechar para su propia salud, la de él, mental, y la física para que tenga un medio donde sobrevivir:

1.- Si un problema no tiene solución, no es un problema.

2.- Si la solución de un problema no está en nuestras manos, no es un problema.

Estamos viviendo una situación que ha ido cambiando según donde nos querían situar en cada momento, de tranquilidad (esto es poco menos que una gripe), de atención (cuidado porque mira lo que está pasando fuera), de inquietud (porque se está propagando demasiado rápido), y de pánico (la situación actual). No tan solo por condenarnos a un encierro provisional de dos semanas y un día (el día ese que se ponía en las condenas y que no tenía fecha concreta, lo mismo que ahora, que van colando que esto va para largo), sino por añadirle, además, a los trabajadores, la angustia de decidir si acudir a sus trabajos como les exigen o quedarse en casa y arriesgarse a ser despedidos (cosa que va a ocurrir igualmente, adopten la decisión que adopten). No voy a entrar más en este tema porque no hace falta, entre otras cosas, porque ese si va a ser un problema al que no se podrán aplicar esos dos principios.

¿La solución al problema actual está en nuestras manos? No, da igual lo que hagamos, porque quienes deciden tienen claro que todos vamos a enfermar y lo único que se pretende es que no lo hagamos de golpe, y de paso, vivir con la esperanza de que alguien encuentre una vacuna o algo que aminore los daños antes de que seamos contagiados, cosa que nos ocurrirá a todos, más tarde o más temprano.

¿La solución está en nuestras manos? Tampoco, al menos en estos momentos. Lo único que está en nuestras manos, es obedecer al que manda y subirnos como corderos al vagón que se dirige directamente a los crematorios (figura metafórica) o desobedecer y ser sancionados y acusados de insolidarios, con el mismo final.

En todo caso, lo único que pudiera estar en nuestra mano (que obviamente desperdiciaremos), es, una vez acostumbrados a convivir con la nueva realidad, mandar a esos crematorios figurados a los inútiles, aprovechados, que solo saben vivir de sus y nuestras miserias neuronales, envolviéndonos en banderas de todos los colores, poniendo ante nuestras narices, ya sin disimulo, a esos uniformados tras los políticos, que nos recuerdan en qué clase de democracia vivimos. Claro, lo tienen fácil, una sociedad que ante todo esto agota el papel higiénico, es una sociedad que no vale una mierda.

 

Tengo intención de no hablar más de este tema, me niego a seguir programas de todas las cadenas y medios que disfrazan su telebasura de “informativos especiales”, sembrando la pantalla de reporteros de guerra con micrófonos envueltos en preservativos, que no tienen nada que decir, que se dedican a repetir imágenes enlatadas y angustiar a la gente soltando mierda (más papel higiénico), o dar pábulo a tantos idiotas que propagan sus “gestas” en la red, para demostrar que los ciudadanos de este país, tenemos mayoritariamente la gracia y la dignidad en el culo (de ahí también lo del papel higiénico).

 

Cuando empezó todo esto alguien escribió en algún medio digital (creo), que las televisiones, básicamente Atresmierda y luego Mierdapro (tira del papel higiénico), se habían convertido en una especie de versión de “Carrusel Deportivo”, donde el número de espectadores y goles en los diferentes terrenos de juego, eran el conteo diario de los afectados, los muertos, y las ciudades y/o comunidades. Creo que dio en el clavo.

Los mismos que nos repiten a diario que hay que distraerse, hacer una vida normal, no preocuparse por cosas que no podemos controlar (aunque no lo digan exactamente así), llenan horas y horas de expertos médicos contradictorios, terroristas políticos (que algunos llaman periodistas) y tertulianos (que como sabemos son maestros de todo y estudiantes de nada), y los imprescindibles economistas de todo palo que solo tienen en común los ingresos en sus cuentas corrientes. Ya solo faltan los forenses, pero todo se andará.

 

Mientras vestimos de realidad “El Proceso de Kafka”, encerrados, sabiendo que solo servirá, en el mejor de los casos, para retrasar lo inevitable; por detrás de esa pantalla de televisión que intenta hipnotizarnos, desfilarán esos tipos que nos regañan por no ser tan patriotas como ellos, plenos de pulseritas, correas de reloj o cuellos camiseros con la banderita, camino de la cueva de Ali Babá, donde guardan el botín que nos saquean.  Siempre es un buen momento para recordar porque largaron, hace varias decenas de años, a esa familia de ladrones, pero también es bueno recordar que, quienes los defendieron y repusieron a costa de unos cientos de miles de muertos, también siguen ahí, diciéndonos lo que nos conviene y ordenando lo que debemos hacer.

Ciertamente no hay suficiente papel higiénico para tanta mierda.

 

No pensaba hablar de esta cosa, pero al ver una fotografía que he hecho de la puesta de sol, ese sol estrellado gracias al filtro, me ha recordado la imagen de la amenaza que pende sobre todos nosotros e intentan implantarnos en el cerebro, mientras nos avisan que mañana todo será peor, y a mi hace tiempo que no me cabe la menor duda.




miércoles, 4 de marzo de 2020

 

Aquel 21 de julio de 1991

Pasada la media noche del viernes 19 se escucharon unos ruidos extraños en el exterior. Me asomé a la terraza y vi al principio de la calle, en la intersección con uno de los dos caminos que, unos cien metros más arriba, llegaban a los depósitos del agua, una furgoneta de la que dos personajes sacaban sacos de plástico con lo que más tarde descubrí eran runas (restos de obra). Una vez acabada la faena salieron a toda prisa desapareciendo del barrio. Llamé a la Local para explicarles lo que había pasado y a día de hoy aún estoy esperado que vengan a verlo.

Al día siguiente íbamos con mi padre a la playa y paramos en la plaza del Ayuntamiento para no recuerdo qué, justo cuando el alcalde salía del mismo. Mi padre se dirigió a él:

-Pérez, anoche tiraron unos sacos de obra en Finestrellas, llamamos a la policía y no vinieron. Eso hay que quitarlo porque han cortado una calle que va a los depósitos…

-No se preocupe, que tomo nota y doy parte para que vayan a limpiarlo.

 El domingo 21 hacía un calor como no podía ser de otra manera para el mes de julio, un calor seco en un día sin rastro de humedad, bajo un cielo totalmente azul limpiado por una notable brisa. A media mañana nos alertó una gran nube de humo o quizás el ruido que la acompañó. Grandes llamaradas se alzaron desde la parte baja del barranco, donde se cebaron en las zarzas y matorrales que tras varios años sin incendios y sin ningún tipo de limpieza, lo habían convertido en una jungla reseca. Rápidamente el fuego emprendió una descontrolada carrera ladera arriba, ocultando la montaña bajo una enorme nube de humo.

Empezaron a llegar camiones de bomberos y se inició el caos. La toma de agua estaba en los depósitos del agua a los que, como he dicho, se llegaba por dos caminos que confluían en ellos, diseñados específicamente para que por uno entrasen los camiones y saliesen por el otro. De repente los vehículos se colapsaron, los bomberos excitados y nerviosos intentaban ordenar todo aquello, mientras las llamas se comían literalmente la montaña.

Las runas esas que habíamos denunciado a la policía local y al propio alcalde, no habían sido retiradas. Los camiones no podían utilizar esa vía y por tanto tenían que ir uno a uno a cargar el agua y esperar a que, después de hacerlo, saliese el vehículo por el único camino libre para poder entrar el siguiente.

El infierno aquel se llevó por delante hasta un camión de bomberos, y durante la jornada algunos de aquellos hombres llegaban hasta la misma  puerta de casa, exhaustos, los rostros tumefactos, sin apenas poderse mover, tosiendo, tumbados en plena calle, con las chaquetas abiertas intentando absorber algo de oxígeno, mientras nosotros los proveíamos de agua para beber y refrescarse. La situación privilegiada de la casa también hizo que durante algunas horas se convirtiera en el centro de operaciones, pues desde la terraza de arriba se divisaba casi toda la zona incendiada.

La casa del vigilante de las aguas estaba situada en medio de la ladera de San Pere Mártir y las llamas la rodearon por completo, lamieron parte del tejado de la vivienda, se llevaron por delante los dos cisnes y algunos otros animales de corral que tenían, y la familia tuvo que huir a refugiarse en la cueva que había sido la mina donde se inició la construcción de los depósitos.

El resultado del incendio es de los que se denominan de escasos daños materiales, porque solo destruyó maleza y algunos pinos, sin daños personales. Eso es desde la perspectiva humana, claro. Al día siguiente subimos a la montaña, y allí, entre un paisaje carbonizado, quedaban los restos de la verdadera tragedia “no humana”. Miles de animales habían desaparecido carbonizados, por no tener donde huir ante la rapidez con la que se propagó el incendio. Conejos, erizos, culebras, por no hablar de esos miles de rango menor, todos considerados daños colaterales.

Emilio, el guarda de las aguas, me contó la odisea que habían sufrido sin haber asumido aun la pérdida de sus cisnes, también que esa mañana habían tenido una reunión los responsables de emergencias, bomberos y municipios afectados, para analizar lo que había ocurrido y elaborar un plan de prevención. Esa misma noche, de madrugada, un furgón del Ayuntamiento de Esplugues retiró las runas que nosotros habíamos denunciado hacía tres días y dejaron el camino como una patena.

Antoni Pérez fue el primer alcalde democrático del municipio después de la dictadura. Tomó posesión en abril 1979 y en marzo de 1998, un mes antes de cumplir los diecinueve años de mayorías absolutas, se vio obligado a dimitir, condenado e inhabilitado por corrupción al haber firmado la cesión de unos terrenos (que por otro lado eran de titularidad compartida con otros tres municipios), a la empresa de la que uno de sus hijos era administrador único.

La Vanguardia del día 22 de julio de informaba en portada del incendio y en la página de sucesos lo desarrollaba. Ahí se recogen unas declaraciones del alcalde de Esplugues a Europa Press, donde dice:

“solicitaré una reunión urgente del Patronato de Collçerola para que se instalen bocas de incendio, ya que el principal problema con el que se encontraron los bomberos fue el del abastecimiento del agua para los vehículos autobombas”

¿Se puede ser más sinvergüenza?

Veintinueve años después, ordenando por enésima vez las más de 100.000 fotografías de mi archivo personal, he visto las de ese año, y leyendo la noticia en la hemeroteca de La Vanguardia, no he podido evitar una sensación de rabia y asco por no haberla leído en su momento y desahogarme con ese impresentable.

 Los vecinos supimos cómo había empezado aquello. Dos hermanos de cuatro y seis años jugaban con unas cerillas, es de suponer que


a quemar cosas, y efectivamente las quemaron, pero eso quedaba para nosotros porque, entre otras cosas, todos tenemos nuestros muertos en el jardín.




martes, 28 de enero de 2020

Un monstruo viene a vernos

Hoy se conmemora el 75 aniversario de la “liberación” de Auschwitz. Lo entrecomillo, porque en realidad cuando llegó el ejército ruso, los alemanes ya se habían marchado. A la llegada de los españoles a América, también le llaman “descubrimiento”, es decir, el continente y sus habitantes siempre habían estado allí, pero eran inexistentes hasta que no se enteró el mundo dominante de la época.

Nos cuentan que, cuando los soldados llegaron a los campos de concentración y el mundo “descubrió” lo que había estado pasando durante años en los países controlados por los nazis, se horrorizó. Se horrorizaron los ciudadanos alemanes por lo que habían estado haciendo quienes ellos auparon al poder, se horrorizaron los ciudadanos polacos, los rusos,  los franceses, los ingleses, los estadounidenses, “los españoles”, el Vaticano…  El mundo que llevaba años mirando para otro lado, colaborando con los genocidas por acción u omisión ¿se horrorizó con el descubrimiento? No, ese mundo de ganadores (e incluso perdedores), se horrorizó de que esto hubiese salido a la luz. De hecho, se destruyeron varios campos de concentración totalmente y algunos otros parcialmente, mientras en las altas esferas se discutía sobre si eso debería ver la luz y retratarlos a todos, o enterrarlo para siempre. Supongo que pensaron que una cosa así no iba a ser posible ocultarla, y un día u otro aparecerían documentos y fotografías que se habrían escapado al control de los nazis y del suyo (como pasó), y los dejaría en peor lugar.

Hace cuatro años estuvimos en Auschwitz, y la verdad, no sentí ese impacto emocional que propaga mucha de la gente que te cuenta su experiencia al haber pasado por allí, al menos al nivel traumático que me hacen llegar. De hecho, lo que más me impresionó fue lo de la noche anterior, envuelta en la neblina, a un centenar de metros de la arboleda que ocultaba el campo I, y el silencio casi absoluto tras la valla que lo delimita. Quizás no me impactó porque yo no necesitaba “descubrir” algo muy conocido, porque yo ya conocía, por los medios al alcance de todos, aquel horror.

He visto muchas imágenes, leído y escuchado. pero aquí pongo la imagen que realmente me llegó al corazón porque para mí lo resume todo. Es la de la anciana, con quienes deben ser sus nietas dirigiéndose a la cámara de gas, porque a esa parte del mundo civilizado, no les servían ni ancianos ni niños, ni tan siquiera para esclavos. La verdad es que cuando la veo, me vienen tantas cosas a la cabeza que soy incapaz de darles forma y verbalizarlas.

Hoy se han juntado allí un montón de dirigentes, y exactamente no se me ocurre que sea para otra cosa diferente a intentar tapar sus vergüenzas, echar paletadas de arena haciendo ver que aquello fue una cosa del pasado, realizado por monstruos no humanos a los cuales dejaron existir. Allí estaba la corona española, heredera del franquismo, que colaboró con el nazismo enviando a su División Azul. También la Francia colaboracionista de Petain, la Italia de Mussolini, la Gran Bretaña de Churchill, la iglesia de Pio XII, y la Israel que maneja su propio holocausto contra el pueblo palestino.

¿Han pedido perdón Felipe VI y su consorte, vestida ridículamente de riguroso luto, por la parte que le toca a su país? No me consta.

Aquellos “monstruos” en absoluto fueron extinguidos, en realidad siempre han estado entre los humanos, y lo seguirán estando. El problema es cuando a estos monstruos se les lava la imagen, se les tolera, y finalmente alcanzan el poder. Justamente lo que está ocurriendo hoy día. Podemos ir preparándonos.




miércoles, 7 de agosto de 2019

El entoldat y la fiesta mayor de Finestrelles


En la segunda semana de junio, por San Antonio, patrón del barrio, se celebraba la fiesta mayor, con mayor o menor duración, boato e intensidad a lo largo de los años, según la situación social y económica que se viviese.

Los primeros años se clavaban unas estacas alrededor de una explanada, de las cuales pendían  unas guirnaldas de cuerdas y flores que confluían en el centro, sujetas con cables. Desde no sé cuando antes de nacer yo y hasta finales de los sesenta, se instalaba una carpa de lona (“entoldat”), en cuyo interior se realizaban la mayor parte de las actividades, permitiendo que no hubiese interrupciones por la lluvia, bastante habitual en esa época del año.

El “entoldat”, por dentro, constaba de una pista central sobre una tarima de madera, rodeada de unos palcos numerados, cada uno equipado con una mesa y un par de largas banquetas a su lado, y a un nivel de un par de escalones del suelo. Durante el año, los vecinos que lo deseasen, pagaban una cuota mensual que les daba derecho a un palco y las plazas que deseasen abonar, pero también había otras opciones para entrar si no se disponía de palco, como pagar una entrada para ese día o, en el caso de la mayoría de los niños, arrastrarnos bajo las lonas y acceder reptando a través de los palcos. Estas “coladas” se hacían mayormente por “afición”, ya que mi familia y la de prácticamente todos, disponían de palcos reservados, pero por un lado estaba el gusto de cabrear al antipático encargado de la asociación de vecinos, de controlar los accesos, y por otro lado, por necesidad, ya que a los niños solo nos dejaban acceder si íbamos acompañados de nuestros familiares.

La explanada se encontraba al final de la calle Santa Rosa, entre el colegio y el barranco y era conocida como “el embalat” o “embalao” para los castellanoparlantes.

Comenzaba el mes de junio. Una cuadrilla de hombres se dedicaba a desbrozar matorrales y alisar el terreno, muy deteriorado desde el año anterior. El “embalat” no estaría a más de cincuenta metros del colegio, y desde allí, mientras mi compañero de pupitre, Tinin, y yo, hacíamos carreras de palotes o sacábamos las piedras para contar; escuchábamos ilusionados los golpes y lamentos de los serruchos de los obreros, acondicionando y clavando las estacas de madera encargadas de sostener la lona, o clavetear los palcos y tarimas, de lo que sería lugar de encuentro de la vecindad los próximos días.

Antes incluso que diesen comienzo oficialmente las fiestas, el entoldat se inauguraba con la despedida del curso escolar. La maestra reunía a los niños allí dentro, bajo una atmosfera cargada por el aire calentado del medio día, repartía algunos diplomas a quien ella consideraba oportuno (casualmente niñas, en exclusiva), un par de caramelitos a los demás, y hasta el año que viene o hasta nunca.

En el “entoldat” se celebraban los bailes nocturnos, las meriendas (chocolatadas) y fiestas infantiles para los niños, entre las que se incluía el “romper la olla”, de lo que yo no era un experto precisamente, pero en realidad romperla era casi una desgracia, porque solían llenarlas de cenizas (con agua, en ocasiones), entre las cuales había algunas figuritas y coches de plástico, cromos y demás baratijas. Encima, mientras el autor de la rotura intentaba desprenderse del pañuelo de los ojos y los restos de ceniza, los demás niños se lanzaban sobre los objetos, y fácil que se quedase sin nada.

Durante dos o tres años también se realizaron sesiones de “cine al carrer”, en concreto en la calle Bellavista.

Los mayores realizaban algunas actividades deportivas, como los partidos de frontón y futbol. En cuanto al futbol, se organizó al menos un partido que podríamos denominar “serio”, dirigido por el árbitro de la liga de Segunda División, Jorge Ortiga, vecino del barrio, que contó con su esposa, Fifí, como dama de honor, lo que creo hoy en día, se consideraría prevaricación. Pero los que prendieron en la gente, como si de una película de Berlanga se tratara, fueron una serie de partidos entre los equipos de “Los Nenes C.F.” y “El Matusalén F.C.”. Los encuentros entre estos, se jugaban en el campo del Esplugas, ubicado en el mismo lugar que en la actualidad, solo que, entonces, se trataba del fondo de un barranco, donde años más tarde aprovecharon para formar las gradas.

El equipo de Los Nenes, hacía su entrada en la población a lomos del burro y el carro del señor Emilio, presidente de la Asociación de Vecinos, y portero del equipo. Los jugadores, algunos ataviados con chichoneras de la época pitos y megáfono, intentaban amedrentar a sus oponentes, que hacían las veces de local.

No hace falta decir que la seriedad de los partidos brillaba por su ausencia. El árbitro, coronado con sombrero napoleónico, tenía más delito que los que arbitraban al Madrid (de cualquier época, pasada, presente y futura), y cuando algún jugador caía lesionado, aparecía el masajista con una gran maleta, de la que sacaba un enorme serrucho, con el que perseguía al jugador, que, a la vista del artilugio, ponía pies en polvorosa, fruto de una cura milagrosa.

Actividades lúdico-sociales al margen, la más popular eran los bailes nocturnos, amenizados por grupos y solistas de la época, algunos algo conocidos por la radio, y las visitas a los palcos de vecinos con los que se tenía afinidad, para compartir unos vasos de vino o cerveza, ellos, o en el caso de las mujeres, poner a parir a alguno/as. Los niños, mientras tanto, o jugábamos a nuestro deporte favorito, arrastrarnos por el suelo saliendo y entrando bajo el toldo de la carpa, o haciendo “escubidus” con las serpentinas, hasta que nos vencía el sueño, y aparecíamos milagrosamente en nuestra cama a la mañana siguiente.

Para nuestra familia, por desgracia, la fiesta mayor se acabó el año 1964, y para el resto de vecinos, languideciendo, aún duró un par de años más, pero la crisis, y también la falta de interés o compromiso, hizo que acabase esa tradición hasta que, más modestamente, se retomó unas decenas de años después, pero ya para siempre sin entoldat.



Llegada de Los Nenes C.F. a Esplugas

Salida de jugadores y "técnicos" al campo

El entoldat

Cine al carrer

Chocolatada en el entoldat

Interior del entoldat durante la merienda infantil

Rompiendo la olla







viernes, 8 de marzo de 2019

Día mundial de la Mujer Trabajadora

El 25 de marzo de 1911 se incendió la fábrica textil Triangle Shirtwaist de Nueva York, ocasionando la muerte de 146 personas; 129 trabajadoras y 17 trabajadores. Las mujeres tenían entre 14 y 23 años, y procedían en su mayoría de los países del este, e Italia. La factoría ocupaba las plantas 8, 9 y 10 del edificio donde estaba ubicada. Nunca se conocieron las causas concretas que originaron el incendio, aunque se atribuyeron a un accidente fortuito. Sin embargo, se rumoreó que fue uno de los empresarios quien inició el fuego, como venganza por las protestas de las trabajadoras por sus sueldos miserables. Las puertas de las plantas estaban cerradas para evitar los robos, quedando atrapadas las trabajadoras, que fallecieron por quemaduras, asfixia, y en bastantes casos, por lanzarse al vacio huyendo de las llamas.

Cuenta la leyenda, que un hombre y una mujer se besaron junto a una ventana, y después saltaron a la calle cogidos de la mano. También cuenta esa misma leyenda, que debido al color de las camisas de hombre que estaban fabricando en esos momentos, el humo del enorme incendio, visible en toda la ciudad, era de color violeta y de ahí que esa sea el color elegido para la lucha por los derechos de la mujer.

Lo cierto es que en 1908 las sufragistas inglesas ya habían elegido el violeta como uno de sus colores, y se manifestaban portando unas bandas tricolores, con violeta, verde y blanco. La líder de este movimiento, Emmeline Pethick, argumentaba que el violeta, como color de los soberanos, simbolizaba la sangre real que corría por las venas de cada luchadora por el derecho al voto, la libertad y la dignidad individual.

En la antigüedad el violeta era el color del poder, por lo costoso y las dificultades que había para conseguirlo, lo que hacía que quedase reducido casi exclusivamente a la realeza. Los emperadores romanos lo declararon color imperial, siendo el violeta el color de la tinta con la que firmaban los documentos oficiales, y también es el color de la máxima autoridad jerárquica, tras el Papa, de la iglesia católica.

Un siglo después, la catástrofe de la fábrica Triangle Shirtwaist marca el inicio del Día Internacional de la Mujer, y la leyenda de aquella columna de humo color violeta, inunda de ese color las calles como símbolo de la lucha por la igualdad.



Incendio del Triangle Shirtwaist de Nueva York (imagen de autor desconocido)