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miércoles, 6 de mayo de 2020

Historias de la Nueva Era: La medida de la libertad

-¡Vecino… ¿A qué distancia puede pasear legalmente el perro, de su amo…?!

-A la que dé la correa… -le contesto.

La gracieta me la hace el vecino desde el jardín de su casa, buscando la complicidad de una pareja de la policía local que, fuera del coche, se toman unos minutos de relax y cigarrillos, en la plazoleta de la calle, a pocos metros, cuando paso con el perro bajo su vivienda. El vecino, que es de mi misma edad, tiene un sentido del humor y una forma de intentar iniciar una conversación, muy particular.

 

¿La libertad física (movimiento, acción…), se mide en metros? El Twidy tenía una correa extensible de tres metros y le compré otra de cinco ¿Es ahora dos metros más libre… o cinco metros menos cautivo?

A veces, el perro (ahora cada vez menos por la edad y su deterioro físico), al no sentir la tensión de la correa, cree que está suelto (libre), e inicia una carrera que acaba de golpe y porrazo con el final de la misma o cuando yo, que soy quien maneja su libertad, aprieta el botón de bloqueo.

A las personas nos pasa lo mismo, ingenuos de nosotros nos creemos lo que nos cuentan de que somos libres, hasta que un día sentimos el tironazo que nos frena, y nos impide cumplir nuestro deseo de hacer lo que deseamos, entonces miramos atrás, e igual que el Twidy, vemos la correa a la que estamos atados y la persona o personas que la manejan, que son quienes deciden de cuantos metros es nuestra libertad.

 

La libertad o es o no es. La libertad no tiene límites, porque entonces deja de ser libertad; de cualquier tipo, física, de pensamiento, de expresión y opinión… pero siempre, a lo largo de la historia de la humanidad, ha habido alguien dispuesto a coger el extremo de la correa y sustituir al anterior. Casi siempre depuesto por él/ellos mismos, con el argumento de la falta de libertad.

El Twidy, igual que las personas, es libre hasta donde le dejan, pero entonces habrá que llamarla de otra manera, en ningún caso libertad.

En cuanto a este vecino, no necesitará mirar atrás, porque jamás intentará alcanzar el límite de su correa.


sábado, 2 de mayo de 2020

Historias de la Nueva Era: Libertad Condicional


Y llegó un día en que todos se dieron cuenta de que muchas de las cosas que tenemos/hemos tenido, no se valoran hasta que no las pierdes, y eso sirve tanto para lo positivo como para lo negativo de la vida de cada uno.

 

De repente nos encontramos atados a unas cadenas invisibles, porque al parecer los ciudadanos, por esa manía tan mediterránea de llevar nuestras relaciones sociales, plenas de gestos afectuosos, besos, abrazos, apretones de mano, hacer vida en la calle... nos habíamos contagiado ¿por encima de nuestras posibilidades? no, por encima de las posibilidades del sistema sanitario de este país. El sistema sanitario que desmantelaron unos desgraciados que se propugnan ahora como salvadores futuros y se visten de luto para regodearse de sus víctimas; también del sistema sanitario, que ni tan siquiera se habían planteado reponer los otros, porque unos y otros, lo que habían hecho es repartirse el negocio con sus amigos.

 

Pero sé que esto lo he vomitado aquí muchas veces y no me quiero repetir, porque el pueblo este que ha enfermado por encima de las posibilidades del país, tiene un porcentaje de idiotas muy elevado y casi tan peligroso como el Coronavirus. Porque cuando parece que está siendo controlado, muta nuevamente y crece el número de idiotas, que quieren volver a dar el poder a los miserables causantes indirectos y directos de tantos miles de muertes.

 

Y mientras tanto, el emérito, aquel campechano tan simpático, blanqueando dineros y robando con total impunidad. No puedo imaginármelo de otra forma que, brindando con su dios por haberle dado esta vida terrenal, puesto como heredero por el dictador, declarado inviolable, y montándole una pandemia como tapadera. Si tiene algo que echarle en cara a ese dios, es que no obligase a incluir el derecho de pernada, como sus ancestros, entre sus prebendas.

Día 50

jueves, 30 de abril de 2020

Historias de la Nueva Era: Desconfinando la memoria - La Marieta


A finales de los sesenta, nuestro vecino Ramón, decidió comprarse una burra, a quien según confesaba, amaba más que a su mujer (de lo que nadie tenía duda entre la vecindad). A la burra la llamó Marieta y la instaló en la cuadra que tenía por encima de la vivienda, en la que durante años tuvo una piara de cerdos (que a punto estuvieron de devorarlo en una ocasión), y posteriormente, algunas vacas.

 

La Marieta podía haber acabado sus días en el más completo anonimato, como cualquier otro animal de su especie, aunque eso sí, dándose la gran vida, porque no hacía nada. Sus años pasaron en el establo con la sola compañía de una perra llamada "Marquesa", lo que suscitó un amor casi idílico entre ambos animales; pero he aquí que, el destino, quiso que no pasase desapercibida, y cierto día, se presentó en la calle la farándula de la tele, con la intención de grabar un anuncio de motocicletas en la que iba a intervenir el animal.

El primer día de rodaje no se pudo hacer, porque el tiempo era infernal, con lluvia y frío, pero eso nos permitió a niños y mayores, descubrir que la gente que salía en la televisión era de carne y hueso. El protagonista del anuncio era un tal Kiko, un humorista bastante conocido por aquel tiempo que, helado y encogido, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones hasta casi los codos, vestido de paleto y con la boina calada hasta las orejas, soportaba estoicamente las miradas de curiosidad y comentarios de las vecinas, mientras el agua le chorreaba sobre la masa de pintura que cubría su cara.

 

El segundo día ya se pudo concluir el rodaje, el equipo se las veía para deshacerse de los niños que nos colábamos en los planos, y encima la Marieta, poco acostumbrada a la calle, y menos aún a que la montasen, se negaba en redondo a caminar, sufriendo los palos del Ramonet (hijo del señor Ramón), cabreado, no fuese que se arrepintiesen de trabajar con la burra, y perder unos buenos dineros por su alquiler.

A los pocos días los vecinos asistíamos regocijados ante la tele, viendo a nuestra heroína bajar por la carretera de las aguas, con el paleto encima, que era adelantado por otros paletos montados en "Mobiletes"...

-¡Nubolariiii..... tardoooooon.......!

 

Algunos meses después, el señor Ramón pensó que la burra se pegaba demasiada buena vida y decidió ponerla a trabajar; así que le ató un trillo pretendiendo arar sus bancales. La Marieta se negaba a moverse y el hombre ya no estaba para muchas peleas, pero he aquí que entró en juego Miguel Ángel. Ya en vacaciones escolares, el viejo Corella le propuso que, si por la mañana le araba con la burra, el resto del tiempo podía disponer del animal a su antojo, y así de paso se la desbravaba.

A Leandro e Hile, padres de mi amigo, no les pareció mal la idea; ellos venían de un pueblo de Zamora y que su hijo aprendiese lo que era trabajar la tierra, les parecía bien siempre y cuando cumpliese con sus obligaciones habituales. Incluso, el hecho de tener a la burra prácticamente metida en casa, no les extrañaba en absoluto. Claro que el resto del barrio no estaba en la misma onda, para ellos, Miguel Ángel y su burra eran toda una atracción de feria. La mayoría de nuestros vecinos no habían visto un burro en su vida, y no acababan de acostumbrarse a verlo llegar al colmado de la señora Carmen, atar al animal en la puerta, hacer la compra y regresar a su casa montado en ella.

La Marieta tenía sus cosas, y a veces se ponía un poco brava. Todos los niños de los alrededores habíamos dado con nuestros huesos en el suelo en alguna ocasión cuando la montábamos, siempre contando, claro está, con la autorización de Miguel Ángel, que actuaba como su verdadero propietario. Gracias al animal, Gil, un amigo nuestro, hijo de un buscavidas que acababa de instalarse en las cercanías; descubrió que el hombre también tenía capacidad para volar, aunque no para aterrizar. El muchacho quiso montar a la burra por detrás, en plan demostración Camasutra, y esta, que no estaba para cosas raras, lo lanzó varios metros por el aire, utilizando sus patas traseras como catapultas.

 

La historia de Miguel Ángel y Marieta la zanjó su madre tras la enésima caída de su hijo, que acabó con magulladuras y el destrozo de la garrafa de vino y gaseosas que acarreaba, aunque el motivo principal fue el final del verano y el comienzo del curso escolar.

 

La Marieta volvió a su permanente encierro junto a la perra Marquesa, quien, en los tiempos que Miguel Ángel se llevaba a la burra, ladraba y aullaba hasta que la devolvía, recibiéndola entonces alborozada, dando saltos, chupando y mordisqueando sus patas.

 

Pasaron unos pocos años y el viejo Ramón decidió enviar a la pobre burra al matadero y a las pocas semanas murió de pena la perra Marquesa, quizá cuando entendió que su única e inseparable amiga, no iba a volver más.


martes, 28 de abril de 2020

Historias de la Nueva Era: Regreso al futuro 

Después de una mañana esplendida, por la tarde tocaba llevar al Twidi a su veterinario.

Son tantos ya los días viviendo en este sin vivir, que solo pensar en salir fuera de los limites me empieza a producir un estado de ansiedad. La mascarilla, el antiséptico, la cartera, mi tarjeta sanitaria, las gafas de ver, la cartilla del perro, la correa, el arnés…

-¿Lo llevas todo…?

–Sí, creo que si…

-Ten cuidado… pon un “guasa” cuando llegues…

-Jodeeer… -cuando bajo las escaleras, creo que me empiezan a temblar las piernas… ¿me acordaré de conducir? Hace cerca de dos meses que no toco el coche…

-Ah, y pon gasolina, que no sé si te dará para llegar… -oigo justo cuando cierro la puerta de la calle.

-Hostia, lo que faltaba…

 

El Twidy está distraído intentando marcar “su” jurisdicción, que han ido okupando los perros que ahora le da a la gente por pasear por aquí arriba para escaquearse, y cuando lo llamo para que se suba al coche, el animal corre entusiasmado, casi no se puede creer que lo vaya a llevar de paseo. Y es que son como niños.

El veterinario está en Cornellá, pero yo me siento como Indiana Jones en busca del Templo Maldito, incluso me arrepiento de no haber cogido el tirachinas, que es la única arma en condiciones que tenemos en casa, ya que la escopeta de balines, bastante tiene con conseguir que el perdigón no te caiga en el zapato cuando lo disparas.

Anexo a la carretera de Esplugues está el carril bici. Me paro en el semáforo en rojo, y a mi altura, en ese carril, una niña que no tendría seis años, y un niño apenas un par de años mayor que ella, ambos con mascarilla, se paran también en su semáforo. No va ningún adulto acompañándolos, pero esperan pacientemente a que el semáforo se ponga verde. Pienso que estos dos no tienen porvenir como futuros usuarios de la bicicleta.

Al llegar al veterinario, otro problema. Como la mayoría de la gente está sin trabajo, resulta imposible encontrar un aparcamiento. Finalmente lo consigo a unos quinientos metros de distancia. Medio kilómetro entre zombis con mascarillas, guantes, miradas hurañas y desconfiadas cuando nos cruzamos, ambos intentando calcular bien las distancias mínimas. Un operario, embutido en un uniforme como sacado de una película de ciencia ficción, con una bombona a la espalda, va fumigando la acera, y cuando nos miramos, veo unos ojos de muerto tras los plásticos algo empañados de sus gafas. El cristal de un escaparate devuelve mi imagen con la mascarilla, me paro perplejo, vuelvo para atrás para confirmar que soy yo y me miro unos instantes. No sé si el cuerpo me pide reír o llorar. Siento una horrible pena, quizás porque, por muchas imágenes que nos inoculen las televisiones y las redes, uno no es consciente de formar parte de esta broma que nos ha gastado el destino, hasta que te sumerges en ella.

 

Esperando mi turno en la calle, pues en la consulta solo pueden entrar los animales y en la salita solo debe haber una persona, del portal de al lado sale un señor, un niño y una niña, que son unos polvorillas. El niño no creo que tenga ni cuatro años y la niña es evidente que fue un “regalo” de la cuarentena. Las dos criaturas salen dando saltos de alegría, corren, gritan y saltan. Miro para arriba del bloque de donde han salido. Es un edificio de tres plantas sin balcones. Mes y medio encerrados ahí. Si, no llevan mascarilla, si, los niños sienten infinita alegría cuando se ven y si, se tocan. Es más, los niños hacen muchas más cosas que les han advertido que no hagan, cogen lo que no deben, se hurgan la nariz, se tocan “la cosita”, rompen los juguetes, aprenden palabrotas… y luego está la gente que el domingo se dedicó a sacar fotos a ellos y a sus padres para demostrar que deberían haber seguido, confinados no, presos, en esos pisos sin un mísero balcón. ¿Fotos de quienes respetaban las recomendaciones? no, naturalmente, que podrían desbaratar el discurso.

 

Al salir del veterinario y girar la primera calle, de uno de los pisos (estos si, con balcón), nos arrojaban reggaetón a un volumen cuyos decibelios no hubiesen admitido ni en una discoteca. En el balcón, un par de veinteañeros bailaban y miraban a la gente como un “mira que guay soy”. No había desaparecido ese martirio, cuando se mezcló con otro de un par de calles más abajo (le llaman mestizaje), donde tenían puesto a un grupo roquero catalán, incluso a un volumen superior, absolutamente insoportable al llegar a la altura del piso desde donde “deleitaban” al vecindario, y una señora fumaba lo que parecía un canuto en el balcón, mientras movía el culo y hacía un karaoke.

Tanto reírles las gracias en las televisiones a los idiotas que hacían tonterías en los balcones, sacar en las redes a disyoqueis aficionados y aprendices de instrumentos musicales, han convertido algunos barrios en un tormento, y quizás ahora nos demos cuenta de que los yanquis no eran tan tontos como pensábamos, cuando lo primero que hicieron fue comprar armas al empezar la pandemia.

Frente a ese bloque, en uno de los pisos alguien ha instalado una tienda de dormir en el balcón, quiero suponer que, porque en esa casa debe haber algún contagiado y no tendrán otra forma de aislarse, porque la otra opción es, que alguien haya mandado a otro alguien a tomar viento fresco, porque tanta convivencia es más de lo que se puede soportar. Un balcón más abajo una señora mira con cara de delirio en la dirección desde donde viene la música. No me cabe duda que en ese momento hubiese dado cualquier cosa por ser una yanqui en el Bronx.

La gasolina a 0,97. Es curioso que esté tan tirada de precio justo cuando no se puede viajar, utilizar los vehículos poco, y con muy limitado recorrido. Ya decían aquellos que, si naciste pa martillo, del cielo te caen los clavos.

Cuando llegamos a casa “mi perro y yo”, el sol hace bastantes minutos que se ha largado y en el horizonte apenas si queda un tenue reflejo anaranjado, destacando el panel, esta semana de color verde, con el que iluminan el espacio chill out de su casa, cierto polémico futbolista, emparejado con cantante famosa. Así que hoy no hay puesta de sol.

En el coche, de vuelta al refugio, no me he podido quitar de la cabeza el estribillo, una y otra vez, de una de las canciones más tontas de Víctor Manuel:

Érase una vez el año 2000

un hombre con su hijo paseaba por Madrid

con trajes de hojalata reforzada y plexiglás,

cubríanse del aire con caretas antigás.

Érase una vez el año 2000.


lunes, 27 de abril de 2020

Historias de la Nueva Era: Los ruidos del confinamiento

Los de la obra de enfrente de casa, aporreando estructuras de aluminio con martillos de hierro hasta que no aguantamos más. Les instamos a que utilizasen mazos de madera o goma, pararon y esta semana ya disponen de mazos de madera.

Los de los perros del Parra, uno de los vecinos, que a modo de “vieja del visillo”, están pendientes de cualquier cosa que pasa en la calle, para iniciar una competición de ladridos y aullidos.

Los de algún vecino de la parte sur del barrio que, a las ocho de la tarde, pone a todo volumen el “resistiré” del Dúo Dinámico.

Los del helicóptero de los mossos que pasan dos o tres veces al día, siguiendo el recorrido de la autopista.

Los de los helicópteros que llegan de vez en cuando al hospital de Sant Joan de Deu, y te hacen encoger el corazón.

Los de las sirenas de ambulancias y policía, que se ven y oyen a lo largo del día por las diferentes vías.

Los de las dos horas de rap a todo volumen, con las que nos obsequió el vecino contiguo, por la misma ventana donde su “abuelastro” hace más de cincuenta años, colocaba la tapa-altavoz del tocadiscos y le daba por compartir los discos de la Piquer, cuando tenía ganas de molestar a los vecinos.

Los aplausos de las ocho de la tarde, excepto los cuatro vecinos de la parte alta del barrio, donde el ruido es de cacerola, trompetilla y nuestra bocina, como protesta a los sinvergüenzas que intentan tapar su responsabilidad, con el homenaje a quienes tienen que arriesgar su vida y la de sus familias por su culpa.

El silencio de la madrugada, cuando salimos el Twidy y yo. Un silencio tan absoluto que, a veces, me hace sentir un escalofrío en la espalda.

 

Hoy los protagonistas de la tarde primaveral han sido los pájaros.

La gaviota, que al parecer se ha viciado con los palomos del vecino y los merodea continuamente, navegando como un velero por entre las nubes.

La paloma torcaz, que observa curiosa a la tribu de gorriones cebados con el níspero del Parra.

El halcón, capaz de permanecer completamente quieto, como colgado del cielo por un hilo invisible, mientras se hace sombra con las alas y otea detenidamente la vaguada de la montaña.

 

Y hoy,  45 días ya, hasta me ha parecido sufrir un espejismo y ver un precioso lago que se extendía hasta el horizonte… y navegar… 

domingo, 26 de abril de 2020

Historias de la Nueva Era: Los sonidos del confinamiento

El piar de los gorriones, el gorjeo de las tórtolas y palomas, el graznido de las urracas y las gaviotas, el zumbido amenazante de una avispa, el del moscardón, el sonido de las campanas de la iglesia de Esplugues dando las horas… De repente, hace unas semanas ya, la gran maquinaria que parece ser el engranaje y mover el mundo, se paró, el del tráfico, sobre todo procedente de la autopista, el de los aviones pasando continuamente sobre nuestras cabezas… ese ruido constante que engulle los sonidos y que, a fuerza de acostumbrarnos, solo nos damos cuenta de su existencia cuando desaparece.

 

Hoy han asimilado los derechos de los niños a los de los perros. Desde hoy es posible sacar a pasear a un niño, igual que hasta ahora podíamos hacer con los perros, es más, incluso se pueden llevar sin sujetar a la correa.

Esta mañana, se juntaron tres o cuatro familias, con sus correspondientes niños, en el cruce de la calle de abajo, parecía que todos hablaban a la vez, ansiosos y excitados. Obviamente, no había sido un encuentro casual. De pronto, una pareja con un par de niñas, igual que el resto aparentando no llegar a la decena de años, apareció por la cuesta, y cuando se reconocieron con las otras niñas, todas gritaron con un espontaneo delirio corriendo a abrazarse a sus amigas. Continuaron con sus gritos y también hablando atropelladamente a la vez. Tenían mucho que contarse, y alguien nos tendrá que explicar alguna vez, qué o quién, es lo que ha dirigido sus decisiones.

A lo largo de la mañana, sobre todos esos sonidos que contaba más arriba, se ha impuesto el de la chiquillería que subía hasta aquí con sus familias, corriendo calle arriba y abajo, como hace semanas no podían hacer, o de excursión por el camino y carretera de las aguas. Era previsible que el destino para disfrutar de esta libertad de segundo grado, iba a ser la montaña y, probablemente porque en mi niñez no existía la autopista, y porque ahora, provisionalmente, ha desaparecido ese ruido, yo también he recuperado aquel sonido que venía de las laderas de Sant Pere Martir, en días como “el entierro de la sardina” o “el de la tortilla”, cuando en los colegios se daba fiesta o se organizaban excursiones, y también la montaña adquiría ese sonido juvenil.

 

Durante el día he escuchado y visto en redes y medios, a gente que, sin duda de buena fe, se quejaba de que se hubiese permitido salir a los niños y adultos que los acompañan, a las calles. También de quienes aprovechaban la ocasión para salir, aunque no tuviesen “justificación”. Argumentan que no iban a respetar las normas, que nos ponen a todos en peligro, que así no íbamos a poder parar esta pandemia, que en pocos días volverían a crecer los infectados y nos volverían a encerrar… y naturalmente, vuelven a crecer los llamados “policías de balcón”, esos que, aunque nos cueste reconocerlo, hemos sido o somos todos, por acción o pensamiento, quizás por el sentimiento del mal de muchos consuelo de tontos, o lo que es lo mismo, si yo me quedó en casa, por qué tienen que salir esos espabilados.

El fascismo, nazismo y/o totalitarismo, según mi escaso conocimiento, utiliza el medio sociológico de buscar la complicidad de los ciudadanos para conseguir sus fines. Que la población controle a la propia población. Intenta que todos sus afines vistan y tengan una misma estética para diferenciarlos de sus enemigos. Inocula el sentimiento de la patria como la iglesia que nos une. El que no está conmigo está contra mí, y lo que es peor, contra nuestro país. Así, los ciudadanos pasan a ser cómplices, delatores, jueces y verdugos. Para todo esto es necesario encontrar un enemigo común, y sobre todas las cosas, el miedo. Infundir el miedo en la población.

Yo no voy a decir que vivamos en un estado, país o nación (da igual cual), fascista o totalitario. Pero tampoco voy a decir que no.

Gerifaltes del ejército, guardia civil y policía han estado compareciendo en las pantallas de televisión casi diariamente, hablando de guerras, enemigos, batallas… para contarle al pueblo (amenazarlo), refiriendo detalles de detenciones de gentes que se “saltaban” el confinamiento, acosos desde los helicópteros y arrestos, y cuando no tenían nada que contar, sobre el requisamiento de limones y naranjas robadas.  Entre tanto, su gente campa por las calles aterrorizando a los ciudadanos con casi un millón de multas, cuando no pillándolos apaleando directamente a transeúntes. Resultado, miedo al coste económico y al daño físico.

El éxito de su táctica es indiscutible según los principios totalitaristas, cuando son jaleados por esos “policías de balcón”, cuando los de uniforme apalean y detienen a algún “rebelde”.

Esa gente, los “servidores del estado”, además, se jactan de controlar las redes y los medios de comunicación. Resultado, miedo a represalias e imposición de autocensura.

La coordinadora “25-S” quiso hacer una manifestación hace unos días, para protestar por las directrices de Marlaska y contra la “ley mordaza”, pero no fue autorizada “por cuestiones de seguridad y para evitar contagios”.  Se vigilan, censuran, castigan las opiniones de los ciudadanos, y de paso, se cargan sus derechos fundamentales.

Si no es un régimen totalitario se parece mucho.

Nos responsabiliza a los ciudadanos, a los que incumplen sus mandatos, de ser los causantes del caos, el contagio, saturación de hospitales y finalmente, del número de muertos (suelen utilizar el “fallecidos” porque parece tener menos impacto en el subconsciente).

Los de aquí, allá y acullá, se escandalizan, en un postureo indignante, del gran número de ancianos fallecidos en las residencias, cuando todo el mundo sabe que ese ha sido uno de los grandes negocios del sector privado. Ancianos (en genérico) abandonados a su suerte en centros con personal insuficiente, sin médicos ni sanitarios, dándoles bazofia para comer y siendo víctimas de maltratos en bastantes casos. Todo ello con la Administración, y muchas de sus familias, mirando para otro lado y ahora haciéndose los indignados cuando las miserias salen a la luz. Lo mismo que el mundo (los alemanes también), poniéndose la careta del horror cuando salieron a la luz las imágenes de los crímenes en los campos de concentración nazis, como si no hubieran sido conscientes cuando sucedía.

Mientras tanto, todos nosotros asumiendo como cómplices el asesinato de estas personas, que no fueron llevadas a un hospital para que no ocupasen plazas de otras más jóvenes, a las que se suponía tenían más posibilidades de sobrevivir a la enfermedad, quizás porque a ellos el sistema ya los daba por amortizados. Para completar el desprecio a su vida, sus muertes ni tan siquiera fueron contabilizadas.

Ahora, por su seguridad dicen, los tienen confinados en sus habitaciones sin poder salir de ellas, ver el exterior, ni juntarse con otros residentes. Nadie les ha preguntado si prefieren morir recluidos en una celda sus últimos días, o como personas libres y dignas, de hecho, muchos y muchas, ni siquiera parecen vivir ya en este mundo, pero todos, los hijos del hambre de la posguerra, se van a ir en el anonimato de un número y sin poder despedirse de sus familias.

 

En la crisis del 2008 salieron economistas como setas. Radios, televisión, prensa escrita, las tertulias, se los rifaban y ellos nos sermoneaban desde sus pulpitos, algunos incluso atribuyéndola a los ciudadanos, por “haber estirado más el brazo que la manga”, porque nos dijeron que podíamos acceder a todos los bienes que el capitalismo nos ofrecía y nos lo creímos. Proclamaban lo que había que haber hecho y lo que había que hacer.

No quiero ejercer de “Capitán Aposteriori”, pero ahora aquellos economistas, ya casi en paro, son los científicos. Los expertos nos invaden y dicen una cosa y la contraria incluso en el mismo día. Por no hablar de los iluminados que nos quieren inocular desinfectante u otros brebajes. Asumo que esto supera sus conocimientos y desde luego no me quiero sumar a esos indeseables, para los que todo se está haciendo mal, y sus propuestas son corbatas negras, banderas a media asta, monumentos al soldado caído o incineraciones sumarísimas en el Valle de los Caídos. Yo no sé lo que hay que hacer ni como, pero tampoco me pagan para eso, ni tan siquiera para pensar, pero si pido, deseo, exijo, que los culpables de muchísimas de esas muertes, los que se cargaron la sanidad, los que cambiaron una noche la Constitución para asegurar que primero se pagase la deuda, y si quedaba algo, se dedicase a los gastos sociales (sanidad, entre otros), pidan perdón. Que pidan perdón a la sociedad y dejen de culparnos de las muertes “por salir a la calle”, y después de eso, ya que su nueva amenaza es un rebrote y “que se colapse el sistema sanitario”, se dediquen a preparar los medios, hospitales, material y personal suficiente. No tienen excusa, porque ya saben lo que hay.

 

Supongo que nadie habrá tenido paciencia suficiente para llegar hasta aquí, pero si lo has hecho te doy las gracias por haber sido capaz de sufrir esta cháchara de bar que no tienes porqué compartir ya que solo son mis neuras, pero es que hoy no tenía ganas de contar esas cosas de mi vida, la de los recuerdos, lo cotidiano y lo intrascendente, porque el día empezó con la fotografía y el grito conmovedor de unas niñas al reencontrarse con sus amigas, mostrando la triste realidad de lo que las televisiones han intentado disfrazar y esconder, poniendo videos de niños “disfrutando” del confinamiento en sus domicilios, y acabó con dos patrullas de la policía pidiendo la documentación a un señor y su hija que iba en patinete, y sancionando (aparentemente, no lo sé), a un par de jóvenes que bajaban de correr por la montaña. Por cierto, agentes sin mascarilla.

Lo único cierto, es que hoy unos millones de pequeños seres han dormido soñando con su patinete, bicicleta, balón o el reencuentro con sus amigos, y con la ilusión de haber vuelto a su mundo, el que le hemos robado los mayores.


sábado, 25 de abril de 2020

Historias de la Nueva Era: La perspectiva de las cosas


¿Dos puestas de sol en el mismo día? Solo hay que cambiar de perspectiva. Un par de minutos después de desaparecer por el horizonte, basta con subir a la terraza de arriba, y no solo se vuelve a ver el disco solar íntegramente, sino en otra posición. No es difícil comprender porque muchas veces nos cuesta ponernos de acuerdo en las cosas, y que, además, todos podamos tener razón.

Por lo demás, ver crecer un esparrago, una gaviota y un avión compartiendo el tan manido espacio aéreo. 43 días como protagonistas de esta película de ciencia ficción.


Las cosas más simples son a menudo las más reales (Richard Bach – Juan Salvador Gaviota)