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jueves, 18 de febrero de 2021

Historias de la Nueva Era: El huevo de Colón 

No hay tarde turbia, que no mejore un café en la loma de una colina, y la ciudad a tus pies. Si ese no sabía al mejor café del mundo, se parecía bastante.

Ciertamente, la atmosfera estaba con ese aspecto lechoso que tiene a bien acompañarnos estos días, pero tirando de teleobjetivo, al fondo, entre la torre Colón y una de las del teleférico, se podía ver la estatua de Colón, con su dedo señalando a... !!Italia¡¡ Si, se le supone que debería estar señalando a América, pero cuentan que, a los barceloneses, se les iba a hacer muy extraño que el dedo señalase a Las Ramblas, que es la dirección correcta del continente americano.

Yo no sé, pero allí arriba, saboreando aquel delicioso café, algo me decía que había que ir más allá de aquel mar mediterráneo, seguir su estela, sobrevolar la península itálica, seguir aquel dedo que en realidad señala a oriente y, tras atravesar desiertos, acabar en un palacio de los Emiratos Árabes, donde se refugia el rey emérito. Hace más de 500 años que el dedo de Colón nos venía avisando y nos lo había puesto a "huevo". Como la cosa esta.



Al otro lado de la montaña de Montjuic, tras el espigón del puerto, una flota de petroleros permanece atracada esperando tiempos mejores. Ahora que la gasolina está asequible no podemos disfrutarla por estar confinados. No es una casualidad, ambas cosas están ligadas. "Si naciste pa martillo, del cielo te caen los clavos".



Todo se acaba, hasta el café, así que a recogerse que mañana será otro día.








martes, 19 de enero de 2021

Historias de la Nueva Era: 2020 Primer año de la pandemia


Y se acabó 2020, el año que lo cambió todo. Las últimas semanas el debate sobre las restricciones navideñas lo ocupó casi todo. De repente, todo el mundo quería celebrar esa festividad y parecían imprescindibles esas reuniones familiares, entorno a una mesa donde se amontonaría más comida de la que era posible consumir, codo con codo con quienes, por lo habitual, en muchos casos, resultaba insoportable la convivencia. Esos que las redes empaquetaban en genérico como “los cuñaos”.

2020 fue el año del “Gloria”, que se llevó por delante lo que encontró a su paso a lo largo del litoral catalán, comiéndose kilómetros del mismo y las infraestructuras que lo bordeaban. El temporal también desbordó rieras, inundando campos en su entorno. Entonces no se podía aventurar, pero fue el primer aviso de que ese año no iba a ser como los demás.

2020 fue el año de la “huida” del Emérito, acosado por los destapes de su corrupción y los líos de faldas. Se abrió la caja de Pandora y, lo que al parecer “todos sabían”, salió a la luz. La cañería empezó a tener escapes y no hubo manos para taparlos, pero no porque en este hipócrita país alguien hubiese dicho basta. Tuvo que ser la justicia y la prensa suiza la que abrió esa caja. De repente, el rey emérito, “el campechano”, fue simplemente un delincuente con inmunidad y protección absoluta del establishment, y de paso, se les cayó la careta a muchos, sobre todo a ese PSOE que se proclama republicano, pero camina en primera línea en el frente de defensa de la monarquía.

2020 también fue el año en que se instauró el llamado “gobierno más progresista de la historia”, con el pacto PSOE-Podemos. En realidad, tan solo un pacto para colmar las ansias de figurar de algunos líderes de Podemos, y la jugada maestra de los llamados socialistas, engullendo y dejando sin voz, a los únicos que podían sacar sus vergüenzas de presunta izquierda, al descubierto.

2020, obviamente, fue el año en que decenas de miles de españoles dejaron este mundo sin poder despedirse de sus familias. De ancianos abandonados a su suerte en las residencias. Sin derecho a ser atendidos en un hospital, salvo aquellos con posibles para pagarse un seguro privado.

2020 se va, pero nos deja un mundo escondido tras una mascarilla. Un mundo dividido entre el temor de unos y las provocaciones e incivismo de quienes desprecian a quienes se protegen.

2020 se va, pero nos deja un mundo encerrado en sí mismo, un mundo sin apenas viajeros.

2020 se va, y nos deja un mundo de jóvenes insolidarios e insumisos.

2020 se va, pero nos deja un mundo con las interacciones sociales restringidas, cuando no prohibidas.

2020 se va, pero nos deja un mundo del deporte, de estadios, pabellones y pistas vacías.

2020 se va, pero nos deja un mundo de teatros y salas de cine cerrados, y en general, a la cultura confinada.

2020 se va, pero nos deja la reforma laboral y la ley mordaza del PP.

2020 se va, pero se queda esa panda de negacionistas, muchos de ellos que llevan años viviendo a costa de los demás, y que, si el resto de la sociedad “no acepta pulpo como animal de compañía”, cogen el tablero y se van.

2020 se fue, y llegó un 2021 arropado por una impresionante campaña publicitaria, prometiendo vacunas y una vuelta a la normalidad, pero que lo que nos trajo fue un revival del caos organizativo y la falta de medios, tanto para las vacunas como para afrontar otra nueva ola de contagios, a la que ya no cabía la excusa de la sorpresa. El culmen fue el de la comunidad de Madrid, gastándose cien millones de euros en la construcción de un hospital para pandemias, carente de quirófanos y personal para atenderlo.

El 2021 empezó con las imágenes de una fiesta de cientos de jóvenes reunidos en una nave abandonada de Llinás, muchos de ellos venidos de diferentes países de Europa en auto caravanas y otros vehículos, que parecían sacados de los dibujos de “los autos locos”, desafiando las medidas anti-covid.

También esos primeros días, vimos a decenas de adolescentes en un pueblo de Valencia, que habían organizado una quedada a través de las redes, para darse de palos entre ellos.

A otra pandilla de adolescentes que dieron una paliza a otro, quitándole el móvil y la ropa, y subiendo las imágenes de su “heroicidad” a internet.

Manifestaciones de ultras, gritando “libertad” y cantando el “bela-ciao”, como muestra de los niveles a los que ha llegado el mundo.

Pero sin duda, la imagen que quedará para la historia, es la de los miles de supremacistas en plan “Village People”, asaltando el Senado de los EEUU alentados por Trump a través de las redes sociales.

2021 no ha hecho más que empezar y ya nos ha echado a temblar, pero eso… eso será otra historia.


martes, 8 de diciembre de 2020

 

Historias de la Nueva Era: Pandemia

Barcelona 7 de diciembre de 2020… Un inicio así, con tipografía digital y un golpeteo de tecla con la aparición de cada letra, podría haber sido el principio de una película de ciencia ficción. El argumento nos mostraría un futuro apocalíptico, de calzadas colapsadas por los vehículos, gentes con mascarillas, circulando muchos atemorizados por ese enemigo invisible que puede atacarnos desde cada partícula del aire, otros, los más jóvenes, de aspecto despreocupado, quizá como símbolo de una rebeldía que no encuentra acomodo en una mente poco educada para las cuestiones sociales, y colas, interminables filas humanas para acceder a comercios, bancos, vehículos de servicio público… La nueva normalidad.

Una ambulancia destroza los tímpanos, estridente, mientras intenta atravesar el rio de vehículos que bloquea la calzada. Sentado en el borde de la acera, junto al paso de peatones, encogido sobre sí mismo, un anciano y a su lado la que debe ser su esposa, que le hace señales con la mano a la ambulancia, a apenas una cincuentena de metros, pero que parece una quimera el llegar hasta ella. La gente que espera para cruzar, no se acerca a la pareja y lo que parece que es imposible, el mantener la distancia mínima recomendada de los dos metros, aquí se multiplica por dos. Pienso que en la actualidad es fácil que, si uno tiene cualquier contratiempo en la vía pública, acabe abandonado como un perro. Cuando me aproximo, la mujer le está haciendo las señales a la ambulancia, por lo que no cabe otra cosa que hacer. Un joven se acerca y le pregunta a la mujer si “la puc ajudar”, y ella le dice que ya está aquí la ambulancia. El hombre, que parece un poco congestionado en lo poco que deja libre la mascarilla, tose un par de veces y noto que los más cercanos retroceden otro par de pasos. La ambulancia ya está aquí.

La balsa del monumento a Macià está tomada por las gaviotas, y en un momento dado, se organiza una trifulca entre ellas, graznan amenazadoras y se atacan disputándose los despojos de una paloma. La que sale triunfadora se aleja unos metros con ellos en el pico y los abandona. Que humano me resulta, al parecer la disputa solo era por la propiedad no por la necesidad.

Tengo una sensación extraña, es como si estuviésemos bajo la mira de un francotirador que, si te alcanza, puede fastidiarte la vida o quizás acabar con ella. La que un día fue acogedora, la siento ahora como triste, desabrida e inhumana. En lo que va de año es la segunda vez que bajo a la ciudad, eso no me había pasado en mi vida y lo cierto es que me he encontrado extraño en una ciudad extraña.


sábado, 28 de noviembre de 2020

Historias de la Nueva Era: ¿Cuál es la diferencia entre tanatoestética y tanatopraxia?

Obviamente para encontrar estas palabrotas he tenido que mirar en internet, porque lo que yo buscaba era el nombre culto del oficio que, todos y todas conocemos como “maquillador de muertos” que, obviamente, no queda tan fino y además da mal rollo.

La “tanatoestética” es la encargada de maquillar y dar algo de lustre al cadáver. Dejarlo vistoso, vamos.

La “tanatopraxia” vendría a ser el de darle una forma humana. Recomponer sus gestos y esas cosas que también sabemos se quedan por el camino en el traspaso.


Hace unos años, en épocas distintas, dejaron el mundo de los vivos, entre otros, Fraga y la Rita Barberá. Me refiero a estos dos porque los tengo más recientes en el archivo de la memoria, y cuando ocurrió tuve los mismos sentimientos que estos días. Como soy bastante reiterativo, también quise expresar lo que entonces era perplejidad y ahora certeza, de que el ser humano es el más indigno de los bichos que pueblan el planeta.

El uno, había sido un fascista miembro de los gobiernos franquistas que firmaron alguna que otra pena de muerte y amo de las calles, entre otras cosas. La otra, una vividora, borracha y prevaricadora, de una calidad humana tan notable como para burlarse de los familiares de los fallecidos en el “asesinato” del metro de Valencia, que pedían responsabilidades y su dimisión.

En ambos casos, como en el noventa y nueve por ciento de los fallecimientos, solo que estos eran personajes públicos; entraron en acción los “tanatoestéticos” y los “tanatopraxicos”, para recomponer sus cadáveres y lavar su imagen, convirtiéndolos en adalides de las libertades, la democracia, y destacando una “vida dedicada al servicio público”.  

La cosa no tiene secretos, se trata de cepillar los trapos sucios y destacar (o inventar) los hechos positivos de su vida, es decir, maquillando (la tanatoestética) su biografía, y dejando caer de la misma esas “cosillas”, como los títulos y masters se caen misteriosamente del currículo de los políticos, de la noche a la mañana.

Así quedó que, “Don Manuel”, había sido incluso uno de los “padres” de la Constitución (si, la que no votó a favor), y de un talante tan tolerante que hasta se cruzó una partida de dominó con un “dictador comunista” como Fidel. La otra, fue convertida en una víctima de la sociedad, repudiada, que murió sola y frustrada en la habitación de un hotel, tras meterse en el cuerpo una cena de pincho de tortilla y vaso(s) de wiski.

A todo esto, están los “colaboradores pasivos”. Los que no practican directamente la tanatoestética, pero callan o suavizan los hechos, porque al parecer es lo políticamente correcto, y porque “no se habla mal de los muertos”. De lo que se deduce que la muerte iguala a todos, las buenas personas y los hijos de mala madre. Esta injusticia vendría a ser como la impunidad (inmunidad, le dicen) del emérito, que nos limpia los pecados en el momento del traspaso, para que los gusanos no sientan nauseas.

 

Esta semana ha fallecido un personaje que era drogadicto, alcohólico, pederasta, camorrista y colaborador de la Camorra. Un machista agresor, con un número de hijos, reconocidos y no reconocidos, que es la envidia del mismo Julio Iglesias. Que acabó su primer mundial expulsado, abandonó el Barça con una sanción de cuatro meses, dejó Italia suspendido por dar positivo en drogas, con una orden de cárcel de catorce meses por fraude, y que acabó su carrera “deportiva”, expulsado del mundial de EEUU por dopaje y suspendido de por vida. Se me olvidaba, además de todo eso, muchos decían y dicen, que ha sido el mejor futbolista de la historia, incluso los que solo han visto cuatro de sus goles en video, y añaden, que metió el mejor gol que se ha metido nunca en un mundial y también el más tramposo, ambos en el mismo partido, aunque el más idolatrado es el de la trampa, que ha pasado a la historia como “la mano de dios”.  

Llevamos unos días de desfile televisivo, radiofónico e internauta, de plañideros tanatoestéticos y tanatopraxicos, convenciéndonos que ese llamado “dios” de iglesia propia, también disponía de su Santísima Trinidad, y que había que diferenciar entre el futbolista, el personaje y la persona. Lo de siempre. Así, con los ojos convertidos en contenedores lacrimógenos, nos aleccionaban de que no había que hablar de “esas cosas que todo el mundo conoce”, sino de su futbol, de la felicidad que había llevado a millones de personas de todo el mundo, y a la vez, que todos ellos parecían tener una relación personal con “Diego” (así, en plan familiar), anécdotas (chorradas) con él, que les hacía sentirse más importantes, y sobre todas las cosas, que “Diego” era una gran persona. Como contaba mi suegro, médico, que le dijo una señora de esas que, si le cuentan que lo suyo no era “arreglar a los muertos” sino ejercer la tanatoestética, le suelta un guantazo a quien le profiriese ese insulto; tras emperifollar a un fallecido, se dirigió a él “mire usté que precioso y que bonito ma quedao”.

 

En fin, que mi padre se equivocó conmigo, porque me educó para ser una buena persona, y en realidad me tendría que haber educado para procurarme en vida unos buenos tanatoestéticos y tanatopraxicos, que fuesen mis biógrafos en el más acá para cuando me traspasase al más allá.


viernes, 13 de noviembre de 2020

Historias de la Nueva Era: Lo mejor que habían visto mis ojos (Desconfinando la memoria)


La otra tarde, en el Islandia de RAC1, pidieron a los oyentes que participasen, en mensajes de voz, contando cuál había sido lo mejor que habían visto sus ojos. Ese momento impresionante.

Como sucede en los concursos, en que uno participa íntimamente, aunque no lo haga en la realidad, pero sí consiguen que lo hagamos de forma virtual; naturalmente me hizo intentar encontrar cuál había sido ese “mi” momento. Evidentemente momentos impactantes a lo largo de nuestra vida tenemos muchos, pero todos los que llamaron hacían referencia a los ocurridos durante algún viaje, así que mi mente también se constriñó a esa circunstancia.

Las respuestas resultaban muy sugerentes “los millones de estrellas de una noche en el desierto”, “la llegada y el entorno del Machu Pîcchu”, “la impresionante visión del Annapurna” …

 

La noche del 21 de julio de 2015 la habíamos pasado en el alto de Furkapass, a 2.436 metros de altitud, en pleno corazón de los Alpes suizos. Fue una noche de mucha tormenta y poca agua, pero a las 4,30 el cielo estaba en calma y decidí levantarme a fotografiar la salida del sol, que tuvo inicio a las 5 de la mañana “con puntualidad suiza”.

Miguel salió con su bici a machacarse en los puertos y yo, ya que estaba levantado a esas horas, decidí que era inexcusable hacer una excursión al glaciar que se veía en un pico próximo de donde estábamos ubicados. Tampoco me quise presionar, si llegaba, bien, y si no, hasta donde llegase. Eché en la mochila un trozo de pan, otro de queso, un botellín de cerveza, y como no, “El caminante” de Hesse, al que ya me he referido en otra ocasión.

Llegar hasta el glaciar no tuvo mucho mérito, pues apenas estaba a unos tres kilómetros de distancia y los dos primeros eran de pendiente tendida. La única preocupación de seguir más allá, era que había dejado el móvil en la auto caravana y si sufría un percance, aunque solo fuera una torcedura de tobillo, nadie sabría dónde estaba. Nunca antes había tenido una sensación así, por lo que concluí que el móvil en realidad nos hacía más esclavos de él, que libres.

Una vez llegado a la nieve y el hielo del circo, saqué mi almuerzo, y mientras lo disfrutaba, me perdí en aquel horizonte de montañas piramidales, adornadas con lo que supongo nieves perpetuas, aunque cada vez más perecederas, cuyas siluetas cambiaban de forma y color por las sombras de las nubes que se desplazaban a bastante velocidad. Frente a mí, el impresionante glaciar del Ródano, de reflejo metálico, brillaba en lo que suponía hielo como el que yo mismo acababa de pisar, de un azul acuoso, en cuyo interior de grosor indefinido, parecían flotar las piedras que había ido engullendo en su, casi imperceptible, lento descenso. Residuos atrapados, como esos insectos u objetos oclusionados en bloques de resina.

Miraba todo aquello, y siento que ese fue mi momento impresionante. Impresionante porque de repente me vi allí como separado del mundo. Sentí que ese mundo, mi mundo, podía funcionar perfectamente sin mí. Que pudiera ser importante, e incluso muy importante, para algunas personas, pero que no era imprescindible para su vida, y eso me daba una enorme tranquilidad. De repente no me importaba nada de lo que estaba pasando en esos momentos ahí fuera… y me sentí muy bien.

“… El mundo es más hermoso. Estoy solo, y la soledad no me hace sufrir. No deseo otra cosa. Estoy dispuesto a dejarme cocer por el sol. Siento avaricia de madurar. Estoy dispuesto a morir, dispuesto a nacer de nuevo...” (El caminante)

 

En mi pos adolescencia (en un viaje a Tarifa), compré “El caminante” de Hesse. No lo conocía, simplemente me atrajo la sinopsis…

“… documenta una de las fases más importantes de su evolución: el distanciamiento de los rituales de la existencia y la seguridad burguesas, el paso de la vida activa a la vida contemplativa…”

Y principalmente, me pareció de un tamaño adecuado para rellenar algunos huecos de los días vacacionales.

Escrito en 1918, Hesse, en prosa, poemas y apuntes de acuarela, narra sus sensaciones en una travesía a pie que lo lleva desde Alemania a Italia, atravesando los Alpes. Mi mente soñadora viajaba con él. Ambos atravesábamos aquel paso de montaña, nos acercábamos a una aldea y también yo sentía en mi paladar el sabor de aquel vaso de vino, tomado bajo la parra de un hogar del camino.

Ese día estaba en esos mismos Alpes, a apenas una decena de kilómetros de territorio italiano, un par de montes más allá, en mitad de un amplio semicírculo de nieve fresca y hielo, bajo un pico culminado por una cruz. Lo sentía como algo natural, en absoluto excepcional, y busqué entre las páginas:

“El viento sopla sobre el valiente sendero. Árboles y arbustos han quedado atrás, aquí solo hay piedra y crece el musgo. Nadie tiene nada que buscar aquí, nadie posee nada, los campesinos no tienen heno ni madera en estas alturas. Pero la lejanía atrae, el anhelo consume, y ellos son quienes han construido, a través de rocas, pantanos y nieve, este buen sendero que conduce a otros valles, otras casas, otras lenguas y otros hombres.

Me detengo en el punto más alto del paso. El camino desciende por ambos lados, hacia ambos lados fluye el agua, y lo que aquí se encuentra próximo y va de la mano, halla su derrotero hacia dos mundos…”

 

Ya era mediodía, las ovejas que tanto me habían “impresionado” la tarde anterior (a las que me referiré próximamente), ya habían alcanzado la mitad de la ladera del valle a mis pies. Había llegado la hora de regresar y reincorporarme al mundo real…

¿Y tú? ¿Qué es lo mejor que han visto tus ojos, los exteriores y también los interiores?

 

“... vencer el sedentarismo y despreciar las fronteras convierte a la gente de mi clase en postes indicadores del futuro. Si hubiera más personas que sintieran mi profundo desprecio por las fronteras, no habría más guerras ni bloqueos. No existe nada más odioso que las fronteras, nada más estúpido. Son como cañones, como generales: mientras reina el buen sentido, la humanidad y la paz, no nos percatamos de su existencia y sonreímos ante ellas, pero en cuanto estallan la guerra y la demencia, se convierten en importantes y sagradas…”


viernes, 30 de octubre de 2020

Historias de la Nueva Era: El nuevo mundo


El 20 de junio nos entreabrieron una puerta para que nos asomásemos a ese mundo que nos había estado vedado durante toda la primavera, y como estaba previsto, los ciudadanos la empujamos para salir, y resarcirnos en lo posible, de la asfixiante falta de libertad en la que habíamos vivido. Nosotros no fuimos menos, y naturalmente intentamos acapararlo al máximo, aunque en realidad no dejaba de ser como pegar puñados a la arena del mar.

El nuevo mundo que nos encontramos se podría denominar como el del post-apocalipsis. Un mundo semitapado por las mascarillas, lleno de restricciones poco definidas. Un mundo de calles semivacías y comercios cerrados o poco concurridos. Sobre todo, un mundo temeroso.

El 9 de julio estrenamos coche, y como el que no quiere la cosa, entre ese y los dos meses siguientes le hicimos más de 5.000 kilómetros. Fueron todos viajes de un solo día, porque en el fondo se trataba de aprovechar el tiempo, temiendo, porque así lo sentíamos, que ese periodo solo era un paréntesis y que más pronto que tarde volveríamos al redil. 

jueves, 1 de octubre de 2020

Historias de la Nueva Era: Pongamos que hablo, nuevamente, de Madrid

Hace muuuuchos años, en pleno franquismo, se contaba un chiste cuyo origen sería probablemente de los sesenta. Para ponerlo en contexto hay que recordar que, en aquellos tiempos, los españoles no se consideraban racistas. Aquí no se odiaba a los negros, claro que teniendo en cuenta que el rey Baltasar de las cabalgatas de reyes, era un señor blanco teñido de betún, da una pista sobre el porqué de esa inexistencia de racismo.

Cosa aparte eran los gitanos. Opinar sobre ellos, que eran todos gente de la que había que desconfiar, ladrones y estafadores, que huían del trabajo y solo servían para la fiesta folclórica. Frases hechas como “es un gitano” (referido a su fiabilidad), “pareces un gitano” (vestimenta y aspecto físico) …. Eso sí, en ningún caso se identificaba eso como racismo. Y claro, abundaban los chistes de gitanos:

En cierta ocasión, estaba Franco (alias el Generalísimo, el Caudillo, etc.), a punto de cortar la cinta de inauguración de uno de sus múltiples pantanos (igual fue el de Tous), y de repente cedió la tierra bajo sus pies, pero cuando ya caía al vacío, le agarró salvadora la mano de un gitano que se encontraba a su lado y un Guardia Civil, que también estaba junto a ellos, sujetó al gitano para que no cayese arrastrado por el peso del dictador.

Ya repuestos, Franco se dirigió al gitano:

-Gracias muchacho, me has salvado la vida. Pídeme lo que quieras que te lo concederé.

Entonces el Guardia Civil protesta a Franco:

-Hombre excelencia, que yo también he ayudado, sujetando al gitano para que no cayeran los dos al pantano…

-No te preocupes guardia –le contesta el dictador-, a ti te concederé el doble de lo que pida el gitano…

Y el gitano pidió:

-Quiero que me arranquen un ojo…

 

A la presidenta de la Comunidad de Madrid (cuyas siglas son IDA, y con eso ya debería estar dicho todo), el gobierno le pide (implora), que adopte medidas de confinamiento para parar la sangría de contagios. Hasta ahora, se ha limitado a culpar a “los panchitos” y su sistema de vida, la manifestación del 8-M y los viajeros de Barajas. También ha manifestado que Madrid es “especial” y debe tener un trato diferencial, que no solo es que sea la capital, sino que Madrid es España y España es Madrid, porque todo pasa por Madrid y toda España va a Madrid (pero no la llaméis nacionalista). Sus “drásticas” medidas fueron, en la primera ola prohibir que los hospitales públicos acogiesen a los ancianos, que no tuviesen seguro privado, contagiados de las residencias, además de exigir el desconfinamiento de la capital, en persona y por medio de los “cayetanos”, como intermediarios, porque, según ella, lo que se quería es hundir Madrid y su economía.

Ahora, cuatro meses después de volver a ser su responsabilidad, en los que ha despedido médicos, cerrado hospitales de campaña (IFEMA) y centros de atención primaria, pero contratado curas hospitalarios, dotando de subvenciones culturales a la tauromaquia, y anunciado rebajas de impuestos; exige al gobierno que se haga responsable de lo que pasa en Madrid “porque los ha abandonado”. Que sea el gobierno quien ponga los medios.

Madrid, con el 40% de todos los contagiados del país, ha tomado medidas como confinar los barrios y poblaciones “pobres”, pero solo para el uso de ellos, es decir, una madre “pobre” puede ir a trabajar en un metro atestado (1.800.000 viajeros en un mes, por 1.400.000 de la pérfida Barajas), a cuidar a los niños de una familia bien de las zonas nobles, y llevar a esos niños a jugar al parque, pero cuando regresa a su casa no puede llevar a sus hijos al parque, porque los de su barrio están cerrados y además no forma parte de las autorizaciones para salir de casa.

En España nadie salía de su asombro cuando se multiplicaban los brotes de infectados en Aragón, Catalunya, La Rioja, Castilla y León… y milagrosamente en Madrid no existían. Hasta que estalló lo del Fuenlabrada. La Comunidad comunica apenas diez contagios en toda ella y de repente dieciséis (no contabilizados, por lo visto), en tan solo un equipo de futbol. La burbuja de la mentira les estalló en todos los morros y el resto del país, empezaba a “mosquearse” por una segunda ola, expandida desde el centro (como muchos expertos atribuyen a la rapidez de la expansión en la primera).

 

Tras acusar al gobierno, “los panchitos”, a los independentistas, Torra (¡cuanto lo van a echar de menos los “ellos”!), y naturalmente a Iglesias y los comunistas; el primer ministro del imperio monárquico español, tuvo a bien reunirse con la virreina de España (Madrid es España), en la “sala de banderas” del palacio del virreinato. El ratoncillo Sánchez cayó sumiso en la trampa, y hasta ese momento, si Madrid tenía un problema, desde entonces la vida (sanidad) de los madrileños pasó a ser su problema, el del gobierno. Llenaron los barrios y poblaciones pobres (obreros), de policías, guardias civiles y, cómo no, el ejército (mismo problema mismas soluciones ¿Qué puede salir mal?). Y después de “digos”, dimisiones y acusaciones, llegamos al día de hoy, donde la virreina, tal y como venía exigiendo, ha conseguido (pedido) que le quiten un ojo si con ello consigue que le quiten los dos a las colonias (o al menos uno de ellos).

Desde hoy, al parecer, IDA acepta que se confinen las zonas de Madrid que pasen de 500 contagios por cada 100.000 habitantes, siempre que se haga lo mismo en el resto de ciudades de las colonias del Imperio.

A ver si lo entendemos, según dijeron el otro día, un barrio como Puente de Vallecas tiene más de 300.000 habitantes. Si solo tuviese 500 por 100.000 serían 1.500.

Girona son algo así como 102.000 habitantes. Si tuviese 500 infectados, tendría exactamente 500.

Dando por supuesto que la ciudad de Girona es de una extensión notablemente mayor que el barrio de Puente de Vallecas y por lo tanto menos hacinamiento de población, hete aquí que las medidas de confinamiento serán las mismas para unos y otros. ¿Por qué? Porque la presidenta de la Comunidad de Madrid lo ha exigido a cambio de la vida de unos miles de madrileños, que iban a caer si no se aceptaban sus condiciones. Si en Madrid se va a ver afectada la economía (en realidad lo único que le interesa), que se joda también donde sea posible.