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jueves, 24 de enero de 2019

Gósol. La España "olvidada"


La primavera de 1.906, tras un viaje en tren hasta Guardiola de Berguedà y varias horas a lomos de una mula, a través de un tortuoso y peligroso camino medieval, atravesando vaguadas y precipicios; Picasso, al que acompañaba su amigo parisino Fernande Olivier, llegó hasta el pueblo de Gósol donde pasó dos meses inspirado por los paisajes y colores del entorno. Tras esos dos meses, de nuevo a lomos de la mula y las telas enrolladas en el lomo, marcha junto a su amigo a Francia, a través de Bellver de Cerdanya.

La ruta completa es de 60 Km y es promocionada por el Consorci de Turisme de l'Alt Berguedà.

Gósol vende Picasso, pero sobre todo vende Pedraforca, pues de ahí sale la ruta más popular para alcanzar la cima de la montaña mágica.

El miércoles pasado nevó copiosamente en toda la zona, y el jueves, fuertes rachas de viento lanzaban nubes de ella, como fumarolas, envolviendo los picos del Pedraforca, bosques y valles, y cubriendo la única carretera de acceso desde Saldes, que a primera hora habían limpiado las quitanieves. En el pueblo solo había un restaurante abierto, del que nosotros tres fuimos sus únicos clientes. No había cobertura de telefonía móvil, ni para cobrar con el datafono. La cabina telefónica, que se encuentra en una de las aceras de la plaza, solo tiene el nombre de lo que fue. Ahora funciona como punto de intercambio de libros. Hace unas semanas, Salvados, contaba la odisea de este pueblo donde la caja, banco o cajero automático más cercano, está a 30 kilómetros de distancia. En la España y Catalunya del siglo XXI, por lo visto, los políticos fomentan la economía del trueque y se la resbala el pequeño mundo rural y su mísera cosecha de votos.







miércoles, 4 de julio de 2018

De los de aquí

Doce del mediodía, junto a la terraza de l'Avenç de Esplugas, pasa una señora con un lazo amarillo en la solapa, de repente otra "señora", con un vaso en la mano conteniendo cualquier cosa menos agua, se pone a vocear mientras acosa a los paseantes, desafiándolos y gritando ¡viva España! ¡Antes España que catalanes! ¡Esto es España... España!, escupe más que grita. La gente la mira entre sorprendidos y un tanto asustados por su actitud, al menos verbalmente, bastante agresiva.

Esplugues es un pueblo donde siempre ha ganado las elecciones el PSC, incluso habiendo destituido al primer alcalde del postfranquismo, mi tocayo Pérez, de origen granadino, por corrupto, después de varios años en la poltrona. Esta población, sin la fuerza de las del Baix Llobregat por su escasa industria, forma parte de lo que en los años setenta y ochenta se conoció como “el cinturón rojo de Barcelona”, compartiendo espacio y calles con los barrios más humildes de L'Hospitalet, pero que también, alentados por los mandatos socialistas, especialistas en la especulación, promovieron otros barrios donde se asientan las élites económicas, como varios futbolistas, entre otros.

Esplugues, con el apellido de “Llobregat” pese a que el río ni se acerca a sus límites geográficos, está hermanado con un pueblo alemán de pronunciación imposible, y con Macael, una población almeriense. Los barrios de Can Vidalet y Pubilla Casas fueron durante años una pequeña Andalucía, las calles olían a pestiños y frituras, en la barra de los bares se exponían los vasos de caracolillos blancos que bañaban en vino fino o a granel, mientras ponían banda sonora a la vida de las gentes con coplas y fandangos.

Con los años, los hijos de aquellos inmigrantes que habían traído su cultura entre las mudas, dentro de una vieja maleta de cartón atada con cuerdas, progresaron y fueron a asentar sus vidas a otros "barrios mejores". No olvidaron la cultura de sus padres, ni los sonidos de su infancia, ni los pueblos a donde, cuando la economía y los ahorros de una vida austera lo permitían, los llevaban sus padres en verano para fortalecer lazos con su familia de allí y no olvidasen ni sus raíces, ni de dónde venían. Aquellos hijos siguen celebrando las fiestas de sus mayores, aunque sea reuniéndose en algún parque de la ciudad, el día de Andalucía, el Rocío, ... pero también hablan habitualmente catalán, aunque muchos de ellos tengan que hacer una traducción simultánea en su cerebro, por su idioma materno y porque cuando eran chicos no se estudiaba ni hablaba catalán en los colegios. Celebran las fiestas de sus ancestros, pero también forman parte de los Castellers de Esplugues, bailan sardanas, y lo mismo enarbolan una senyera que la verdiblanca, cuando toca.

La convivencia siempre ha sido eso, convivencia. Todos han respetado las costumbres (cultura) de los demás, a nadie se le pidió el carné ni su afiliación, tanto para apuntarse a compartir un gazpacho como engullir platos de mongetes amb butifarra en las fiestas de San Mateo, patrón de la ciudad. Tampoco para formar parte de la Penya Barcelonista o la Madridista, que también la hay, e incluso otros socios del Barça en aquel rincón del gol sur, con gradas de pies, donde alguien había escrito en el muro “Grada Barza” y que, cuando jugaban contra el Betis, Córdoba o cualquier otro equipo andaluz, salían igual de contentos fuese cual fuese el resultado.

Esplugues no creo que sea diferente a ningún otro lugar de Catalunya. Aquí también hay radicales de uno u otro lado, de hecho, tenemos a esta señora que avergüenza a quienes se sienten españoles y radicales que lo hacen a quienes se sienten solo catalanes, porque una comunidad debe tener de todo, pero sin embargo son una minoría, y las minorías, contrariamente a lo que se nos intenta hacer creer, nunca son silenciosas. El resto, la mayoría que no me cabe duda, si somos los silenciosos, soportamos como podemos las presiones para intentar convencernos de que nos llevemos mal, que esa “señora”, que insulta a quienes no se sienten españoles o no tan españoles como ella, o no como se debería sentir un español de su España, está reprimida por los catalanes, que le queman su casa si cuelga una rojigualda, y no le permiten gritar que ella es española. Los otros también nos quieren convencer que los españoles nos roban, porque ese mensaje les va mejor a sus intereses que decir que “el gobierno nos roba”, que hay que callar que mucho de lo que nos roba es porque quienes mandaron aquí durante decenios, en lugar de intentar que nos robasen menos, lo que buscaban era que los dejasen a ellos robar en paz, mientras se aseguraban la inmunidad, porque “Si vas segant la branca d’un arbre, al final cau una branca i tots els nius que hi ha, fins que cau l’arbre sencer”. Nos quieren enfrentados porque esa es su mejor garantía de existencia, ya que sin esa condición no tendrían razón de ser.

Catalunya siempre respetó la cultura de las gentes que vinieron a ganarse el pan. Ni esto era un erial de gentes con taparrabos que vinieron a civilizar y enriquecer los de fuera, con las maletas llenas de oro y baratijas, ni a quienes vinieron les regalaron nada ni sacaron de la miseria gratuitamente. Llegaron para trabajar y muchos de ellos se dejaron la vida en ello, muchos, la mayoría, se labraron un porvenir para ellos y sus hijos y otros, los menos, tuvieron que volverse con el rabo entre las piernas por inadaptados.

Los catalanes respetaron la cultura de estos inmigrantes mientras tenían dificultades para expresar la suya, y debieron soportar que unos pocos les exigiesen que “hablasen en cristiano”, igual que otros soportamos que nuestro vecino catalán nos llamase “gitanos”, porque para él, todos los andaluces éramos gitanos. Eso sí, siempre un escalón de consideración por encima de los murcianos.

Dicen que en Catalunya hay un enfrentamiento civil y los que vivimos aquí sabemos que no es verdad, pero el mensaje ha calado fácil y rápido fuera, porque es cierto que existe una catalanofobia latente, que estaba deseando tener una mínima excusa para soltar aquello de “te lo dije”. Desconozco cuál es el origen y los motivos, aunque no me cabe duda que, en unos y otros, el sentimiento común es que “somos mejores que ellos”. Algunos descubrimos en la mili que no éramos catalanes (se supone que todos éramos catalanes por vivir en Catalunya, sin importar nuestra cuna), sino “polacos”, y no con un sentido gracioso sino absolutamente despectivo. Es curioso que con los años uno se da cuenta que los catalanes no han desarrollado ningún término despectivo para definir al resto de españoles.

Lo más triste de todo esto es que, a fuerza de intentar convencernos que las reivindicaciones de quienes quieren ser como se sienten han roto las familias, lo han conseguido. Pero no a las de aquí, sino a la relación con aquellos familiares “del pueblo”, tíos, primos y demás familia, con los que deseábamos reencontrarnos para abrazarlos y decirles que los echábamos de menos. Aquellos primos con los que jugábamos a canicas en la terriza Alameda, que recopilábamos “moscas de caballo” en el cortijo para echárselas a las niñas, compartimos los primeros cigarrillos que se vendían sueltos en las casetas, o intentamos comernos alguna rosca en los chiringuitos playeros de las noches de agosto, hoy en día tienen sus redes sociales llenas de banderas españolas, alientan a quienes vinieron a meter en vereda y aporrear catalanes,  uniéndose al grito de “a por ellos” y fomentan boicots a nuestros productos. Olvidan, o no, que “los ellos” también son su familia y nosotros no podemos olvidar que “ellos”, somos nosotros y nuestros hijos.

En estos tiempos, para algunos es difícil tener sentimientos de pertenencia, en realidad casi son más claros los de “no pertenencia”. Sé que no pertenezco a esa España que proclama esa señora, pero también sé que no pertenezco a esa Catalunya que proclama el president Torra. Nunca he considerado que nadie pueda sentirse orgulloso de haber nacido en un lugar determinado, con el único mérito de haber asomado la cabeza donde su madre (con sufrimiento), abrió las piernas y con ellas la puerta a este mundo, en todo caso podrá sentirse afortunado de haberlo hecho aquí y no en el tercer mundo. Por tanto, tampoco estoy orgulloso de mi calle, ni mi barrio, ni de mi pueblo (con todos ellos he tenido o tengo desavenencias por cuestiones que no vienen al caso), aunque hoy si me debería sentir confortado con mis conciudadanos, ya que han alojado en Esplugues a cincuenta inmigrantes del barco Open Arms, y de momento, no han salido descerebrados con su “primero los de aquí”, la frase más racista y excluyente que podríamos escuchar jamás, por qué ¿Quiénes son los de aquí, dónde y qué es aquí, según toda la marejada sentimental que ha vomitado hoy mi cerebro?


martes, 26 de junio de 2018

LAS HOGUERAS DE SAN JUAN

De toda la vida ha existido una gran rivalidad entre los barrios de La Merced y Finestrelles separados tan solo por la montañeta de "los depósitos del agua". Cualquier excusa era suficiente para resolver la cuestión a pedradas e incluso la mayoría de las veces no eran necesarias ni las excusas. En asuntos de piedras no había color y el porcentaje de descalabrados se podría cuantificar en 100 a 1 a nuestro favor, probablemente porque sus calles estaban civilizadamente asfaltadas y las nuestras rústicamente terrizas con excedentes de munición para poder practicar. Para nuestra desgracia el colegio donde íbamos a parar la mayoría de los finestrellenses cuando acabábamos el preescolar, estaba en su barrio y las salidas de clase en los atardeceres luminosos una vez acabado el invierno, se convertían en una especie de salida de las 24 horas de Le Mans, ladera arriba, para intentar alcanzar la loma de los depósitos antes que los rivales. Ellos para no dejarnos llegar a nuestro barrio y nosotros para acosarlos desde las alturas.

El barrio de La Merced fue una creación franquista del ministerio de la vivienda que inauguró el ministro del ramo de por entonces José Solís, conocido como "la sonrisa del Régimen" y que, entre otras, tuvo a bien "negociar" la entrega del Sahara Español a Marruecos en los días de la "marcha verde".
Para los niños nuestro barrio era el mejor, nuestra fiesta mayor mejor, nuestras hogueras de San Juan las más grandes...
En esta verbena de San Juan prendieron fuego a la ladera del barrio de La Merced, no voy a detallar el hilarante espectáculo ofrecido por bomberos y policías en su intento de llegar al incendio a través de nuestro barrio, coches y camiones que entraban en una calle, volvían a salir, aparecían por otro lado... por no hablar del coche de los mossos y camión de bomberos que ante nuestro asombro y entre la negrura nocturna, aparecieron de no se sabe dónde ni cómo por el camino de las aguas abajo, desde Sant Pere Mártir. Bueno. al final y media hora más tarde de comenzado el show, lograron alcanzar el objetivo.
Así que, al día siguiente, los Finestrellenses, que no íbamos a ser menos que nuestros odiados vecinos, prendimos fuego a nuestra ladera de este lado de los depósitos... "¿quemáis vuestra ladera?... Pues nosotros la nuestra... y así toda una vida...Si vale no ha sido esto, pero habría sido una buena historia.
Estás fotos (tomadas a unos trescientos metros), son del incendio lado Finestrelles del día 24. Y por cierto, los bomberos pese a su experiencia del día anterior, siguen sin enterarse

sábado, 31 de marzo de 2018

Nuestro mundo


Nos cuentan que los niños, cuando nacen, lo hacen con una barra de pan bajo el brazo. Luego la vida nos enseña que eso es otra patraña como la de la cigüeña o los reyes magos y Papa Noel; que los niños no vienen con una barra de pan sino que vienen pidiendo el pan que los padres ganarán con el sudor de su frente; que la cigüeña es el resultado de unos dolores insufribles de parto y que, en un acto de idiotez supina, los padres se dejan la paga de navidad en regalos para que los meritos se los lleven tres presuntos delincuentes con sus camellos, que encima representan a la realeza, o un abuelo que se cuela en las casas por las chimeneas.

La auténtica verdad, es que los niños y niñas vienen con un paquete debajo del brazo que lo forman otros seres como ellos. Son los abuelos, padres, hermanos, tíos, sobrinos… y toda esa carga genética en la que también están incluidos los posibles descendientes propios.  Los “irremediables” podríamos llamarlos, aunque su nombre menos sospechoso es, “la familia”.

A la familia la puedes amar, odiar, ignorar… pero no hay ley humana ni divina que te permita divorciarte de ella. Entendiendo como significado de divorcio, la disolución o separación de ese “vinculo familiar” genético, no el artificial del matrimonio.

Luego, a lo largo del camino de nuestra vida, se van o vamos uniéndonos a otros seres, esos sí, ya en su mayoría elegidos por nosotros.  Se generan con ellos o por culpa de ellos, otros vínculos artificiales o políticos, también temporales. 

 

Todo esto, solo es para decir que, si me hubiesen dado la oportunidad de elegir a mis “irremediables”, sin duda hubiese elegido esta familia y hablo en concreto de mis/nuestros más cercanos.

La vida nos deparó una desgracia que desgarró nuestros corazones, acortó o suprimió la niñez de alguno, y la pubertad de otras, cambiando nuestras vidas y dejándonos marcados para siempre. Rafi pasó de niña a mujer de la noche a la mañana, le cambiaron los cacharritos de cocina de juguete por los de verdad, y las tareas del colegio por las de ama de casa. Sin duda fue quien más sufrió las consecuencias. Mari era la que trabajaba y continuó trabajando porque había que seguir aportando, y yo, pues como era el pequeño, se volcaron conmigo y seguro que me malcriaron y mimaron más de lo que sería conveniente.

Las dos frases que recuerdo haber escuchado más en boca de nuestro padre en aquellos primeros meses negros, eran, “estaba en la flor de la vida” (que yo entonces no entendía, pues los niños no tienen conciencia de la longevidad de los adultos), y “las desgracias nunca vienen solas”, que creo daba igual el nivel de desgracia, porque era aplicable a cualquier contratiempo.  Por entonces, no eran extraños los ataques de ansiedad de Rafi y los paseos “pasillo adelante, pasillo atrás” del brazo de papá, tal y como había hecho con nuestra madre la noche que falleció, ya que al parecer, creía que esos paseos servían para calmar a la persona enferma. Tampoco lo eran de extrañar los desmayos de Mari, que de repente perdía los colores y el conocimiento. Recuerdo la primera vez que le sucedió, sentada junto a una vecina en un pobre sofá de tela de rafia a cuadros, del comedor. Fue un gran susto, pero en los días siguientes, a fuerza de habituales, perdieron su dramatismo. Todo eso se fue como llegó, sin avisar.

Por mi parte, todos aquellos sobresaltos me afectaron al estómago, y cuando no era el tomate, era el huevo, pero daba igual, porque se trataba de un tema de nervios con una solución rápida. Era llegarme el aroma de la manzanilla desde la cocina y sentir como se me giraba el estomago hasta vaciarse por completo.

Y la vida continuó.

Aquel mundo que compartimos, también estaba lleno de olores.

El olor de la manzanilla.

El del pozo ciego del patio que, sempiternamente lleno, vaciaba sus aguas, día y noche, en el huerto del viejísimo Jiménez. Todo un personaje, enjuto y reseco, que llegaba a ese pequeño terreno, entre la cuadra y nuestra casa, la cabeza y parte del cuerpo cubierto con un saco de rafia o un raído sombrero de paja, azada al hombro, y soltando incomprensibles improperios.

El olor acido y nauseabundo del orín de los conejos que chorreaba pegajoso bajo las gavias, que tenía mi padre en el huerto de arriba.

El de la mierda de las gallinas, bien nutridas de las lombrices y otros bichos asquerosos que engullían escarbando en esas “aguas negras”, que vertía el pozo. 

El nauseabundo de la carne y plumas mojadas de las gallinas, que mi madre metía en agua hirviendo para desplumarlas más fácilmente. 

El del zotal, que se expandía por suelos y paredes de las terrazas, contra pulgas, garrapatas, chinches y cualesquiera otros parásitos.

El olor del Varón Dandy de mi padre.

El del aguarrás de las pinturas de los muñecos de goma, que mi padre pintaba en una mesita en el comedor, cuando no, buscando la fresca en una sombra del “terrao” durante el estío.

El olor pegajoso del petróleo del hornillo de cocinar, en los años de uso, y cuando en verano, mi madre trasladaba la cocina bajo las hojas de la gran mata de cidra, en el cobertizo de arriba.

El olor a tierra mojada tras la lluvia.

El del picón, cuando las mujeres se encargaban de encender los braseros a las puertas de sus casas, en los anocheceres invernales.  

El perfume de la montaña cuando florecían las ginestas.

El de la resina adherida a las piñas de los pinos piñoneros.

El del jabón Lagarto.

El del jabón verde.

El olor del “champú de brea” y el “champú de huevo”, que se compraban en pequeñas bolsitas trasparentes con forma de rombo.

El olor del señor Ramón, mezcla de pocilga y humanidad, cuando se acercaba a uno a él.

El olor a carne muerta y sangre reseca de su mujer, la señora Pepita, con su sempiterno delantal de la carnecería que regentaba en el mercado de Sarriá.

 

El mundo que compartimos, también eran esas noches de invierno, llenos de sabañones y bolsas de agua hirviendo.

Crías de conejo congeladas que, milagrosamente, devolvíamos a la vida calentándolos en trapos sobre esas mismas bolsas de agua caliente que usábamos para la cama.

El mundo que compartimos, también eran esas noches de prácticas de conducción de mi padre, con el R-8, envueltos en mantas, y autopista hasta Molins de Rei, donde se acababa en una curva de scalextric, y nos enviaba de vuelta a casa. “Si me pasa algo, tu tira del freno de mano hacia arriba” le decía él a la acompañante, y en el salpicadero un pequeño portafotos de cuero marrón, con las fotos de los tres, y un mensaje, “no corras papá”.

El mundo que compartimos eran las ollas de cabello de ángel de las cidras de “el terrao”. También eran los cacitos de café con migas de pan y azúcar revueltos al fuego, y eran las láminas de cristal del azúcar fundido y extendido en el mármol de la cocina. Chucherías de gente humilde.

 

El mundo que compartimos también eran sonidos.

Era el sonido del viento golpeando los ventanales de la casa, los objetos rodando por el “terrao”, y el ulular cuando se colaba entre las rendijas de las ventanas.

Ese mundo compartido, también tenía su banda sonora, en el sonido de la radio:

“El gran Show de las dos”

“De España para los españoles”, inmigrantes que piden sin cesar la “España cañí”, “el Emigrante”, “Madrecita del alma querida” … padres que desde Alemania, Francia o Suiza lloran a sus esposas e hijos, hijas que van a hacer la primera comunión sin ellos…

Esposas que deben ser comprensivas con sus maridos que les pegan, beben más de la cuenta o tienen amantes, es lo que le aconseja todas las tardes-noches Elena Francis, a las oyentes que le escriben esperando sus recomendaciones: “Mi querida amiga flor desesperada, tienes que ser comprensiva, darle mucho amor y verás como poco a poco irá olvidando sus devaneos y valorará lo que tiene en casa…”

Los domingos por la mañana, en un barreño y en la radio a coro “…Málaga Virgen en su copa, Málaga Virgen el sabor de la amistad…”, era “El Gran Musical”.

“Ustedes son formidables”

“Matilde, Perico y Periquín”

“Lo toma o lo deja”

“Pepe Iglesias, el zorro” … yo soy el zorro, zorrito, para grandes y pequeñitos…

“el Ángelus”

“Tambor” y “Cucarachín Multa Gorda” … multa gorda, multa gorda, multa gordísima…

 

El mundo que compartimos también eran esas noches de tormenta en que nuestro padre nos metía a todos en su habitación. Destellos de luz que se colaban entre las rendijas de la persiana de la ventana, preludio del retumbar de las paredes, a veces interminable, mientras temíamos que la casa se desplomase sobre nuestras cabezas en cualquier momento.

Buscar cerraja para los conejos, saco al hombro y escardillo en la mano.

Culebras en el camino al colegio del barrio de La Merced.

Las hermanas “Esteve Reeves” de Finestrellas, en tiempos en los que las relaciones entre los niños y niñas solían ser bastante tormentosas,

Las interminables peleas a pedrada limpia, con sus correspondientes descalabrados, entre los niños del barrio de La Merced y los de Finestrelles, cuando cada tarde, al salir de la escuela de su barrio, trataban de impedirnos que llegásemos al nuestro...

 

Eugenia y Rafael formaron una familia y no quiero ni voy a enjuiciar como fue su vida ni su relación, supongo que tuvieron de todo un poco, penas y alegrías, sonrisas y lagrimas. Si algo me ha enseñado la vida, es que la felicidad como nos la venden no existe, la felicidad, como la salud, es algo que solo reconocemos cuando no la tenemos o perdemos. Es decir, cuando estamos enfermos es cuando sabemos lo que es no estarlo, y cuando somos desgraciados, podemos apreciar que hubo unos momentos en que podríamos decir que fuimos felices, porque no nos sentíamos desgraciados. Cuando pasa el tiempo solemos valorar en positivo épocas concretas de nuestra vida, porque el ser humano, afortunadamente, suele apartar los momentos tristes en un rincón de la memoria, y solo los recuperamos cuando abrimos la puerta de esa habitación para rememorarlos expresamente.

Es más, mucha gente dice “yo tuve una infancia feliz” ¿seguro que siempre fuiste feliz en tu infancia? “bueno, hubo momentos de todo, pero en general…”  Pues eso, es que la felicidad son simplemente momentos, quien espere algo más, está condenado a sufrir que, como escribió en sus poemas Tagore, “las lagrimas por el sol perdido no te permitirán ver la luz de las estrellas”, y lo transcribo así, tal y como alguien que me precedió, escribió en el interior de la puerta de la taquilla que me asignaron cuando, en abril de 1.977, entré en el campamento de Vitoria a cumplir el servicio militar.

Nuestra familia, nosotros, quedamos marcados por el fallecimiento de nuestra madre muy pronto, sicológicamente y en la vida de cada uno. Lo que cada una cambió en su vida, excepto yo.

El mundo que compartimos, siendo el mismo, pero viviéndolo cada uno de forma particular, no es diferente al de los demás, pero es nuestro mundo. El mundo físico es muy grande, pero el nuestro, el de cada uno, es muy pequeño, y en él cabemos solo quienes tenemos que estar. 

domingo, 30 de julio de 2017

¿A quién le importa?


Primero abarataron el despido y todos, además, pasaron a ser procedentes. También dispusieron como causa de despido procedente, coger más de nueve días de baja médica, pero no me importó porque a mí no me iban a despedir y además nunca cogía la baja.

Luego liberaron a las empresas para que pudiesen despedir libremente (ERE) sin tenerlo que justificar, simplemente si pensaban que en los próximos meses iban a tener menos beneficios, pero a mí no me importó porque mi empresa no iba a hacer un ERE.

Luego, se cargaron los convenios colectivos, dejando que las empresas, previo acuerdo/imposición con sus trabajadores (los directivos también lo son), decidiesen libremente sus condiciones de trabajo.

Luego, dijeron que los españoles habíamos estirado mas el brazo que la manga y que ahora teníamos que pagarlo. Por este motivo subieron los impuestos, pero no me importó porque, aunque yo no había ido de vacaciones en los últimos diez años, tenía un coche de quince años y no me había comprado una casa, tampoco podía hacer nada para remediarlo.

Luego, dijeron que iban a acabar con los liberados sindicales y que, además, los sindicalistas eran los culpables de la crisis de las empresas, pero no me importó porque yo no era un liberado sindical.

Luego, dejaron sin medicina asistencial a los “sin papeles”, pero no me importó porque yo no era un ilegal.

Luego, redujeron hospitales, personal sanitario, gravaron las recetas con un euro… pero no me importó porque yo apenas si me ponía enfermo.

Luego, redujeron “los gastos” en educación y dijeron que la educación pública tenía que ser limitada, pero no me importó porque yo ya no estudiaba.

Luego, redujeron los sueldos a los funcionarios… pero no me importó porque yo no era funcionario.

Luego, colaron en el BOE que se perdía el derecho a los 426 Euros del subsidio para parados de larga duración, mayores de 45 años y otros colectivos, si se salía al extranjero, aunque fuese un día, o añadir otros 12 meses de espera a los ya necesarios, cuando se estaba en espera de ser aprobado ese subsidio, pero a mí no me importó porque yo no era un parado de larga duración.

Luego, redujeron la prestación por desempleo (la que nos descuentan de la nómina, cada mes de nuestra vida laboral), a partir del séptimo mes, porque decían que los trabajadores se acostumbraban a no trabajar (¡que se jodan!). Porque no es que no haya trabajo, es que los 5.500.000 parados no quieren trabajar. Pero a mí no me importó porque yo no estaba en paro.

Luego, liberaron los horarios comerciales, haciendo que pudiesen estar abiertos las 24 horas durante los 365 días del año, pero a mí no me importo porque yo no era empleado de comercio.

Luego, abrieron una web donde los ciudadanos podían poner la foto de quien les diese la gana y acusarlo de ser un activista violento, pero a mí no me importó porque no creía tener enemigos entre mis vecinos.

Luego, calificaron a los ciudadanos del 15-M de Madrid, de “grupos violentos y antisistema”, y pidieron la intervención policial para que los participantes en la “jornada mundial de la juventud” y el Papa, tuviesen unos días felices en Madrid, pero a mí no me importó porque yo ni tan siquiera vivía en Madrid.

Luego, la consejera de interior de Madrid, expedientó a 160 manifestantes por considerarlos instigadores de las protestas ante las medidas económicas del Gobierno, pero a mí no me importó porque yo no había estado.

Luego, el ministro de Justicia dijo que iban a ilegalizar el aborto en el supuesto de malformaciones del feto, pero a mí no me importó porque yo no podía abortar.

Luego, dijeron que los directivos de bancos y cajas de ahorro que íbamos a “salvar” los españoles con nuestro dinero (por lo que íbamos a estar endeudados de por vida), no tenían porque limitar su salario y podrán cobrar lo que ellos quieran, pero a mí no me importó porque yo no era uno de esos directivos.

Luego, unos jornaleros se llevaron comida de dos supermercados para repartirla en comedores comunitarios, y los ministros de Interior y Justicia no perdieron el tiempo y pusieron a policía y fiscalía, a identificar y detener a los “ladrones” en menos de 24 horas, y aunque es verdad que Urdangarin, condenado por robar 7.000.000 de Euros, sigue viviendo en el extranjero, con escolta que pagamos todos, y de vacaciones con su familia en EEUU, a mi no me importó porque yo no era uno de esos jornaleros.

Luego, iban apareciendo cada día más casos de saqueo de los dineros de las arcas públicas, y trapicheos de tramas mafiosas organizadas por el partido que gobernaba y, aunque los detenían y juzgaban, pasaban solo unos meses en la cárcel y salían sin haber devuelto un euro, pero a mí no me importó, porque seguro que los que no roban es porque no pueden.

Luego, se quemaron grandes extensiones de bosques y murieron varias personas, porque como habían quitado de los presupuestos la limpieza de bosques, cuando estos ardían eran mucho más virulentos y se extendían con más facilidad, pero a mí no me importó porque yo no vivía en un bosque y además los macroconciertos de música se hacen en terrenos áridos.

Luego, subieron el IVA, a lo que había que añadir la congelación de salarios, y aunque éramos mucho mas pobres y los que nos habían metido en esto eran igual o mucho más ricos, a mi no me importó porque la selección había ganado el europeo.

Luego, los catalanes dijeron que iban a hacer un referéndum para que la gente decidiese si quería seguir perteneciendo a España, el estado los amenazó, denunció y fueron condenados quienes los organizaron, pero a mí no me importó porque mi voto tampoco iba a decidir lo que pasase.

Luego, aquellos hilillos se convirtieron en chapapote y…. ¿Por qué estoy en este agujero? 

martes, 30 de mayo de 2017

Aquel 15 de febrero de 1978

 

Aquella noche se jugó una eliminatoria de Copa entre el Alavés y el Barcelona. Yo era el furri (cabo furriel) de la 42, en el CIR de Vitoria donde me chupé toda la mili, y aunque ese día no pusieron a la venta las entradas de precio reducido para “militares uniformados”, unos cuantos colegas catalanes, fuimos al partido vestidos de romanos ya que disponíamos de un permiso especial para llegar después de retreta. En el tiempo que estuve allí, el Alavés, donde jugaba un jovencísimo Valdano (al que veíamos más por las tascas de “la cuchi” o “la zapa”, que corriendo la banda), estaba en segunda división y fui unas cuantas veces a ver sus partidos, pero el campo esa noche estaba de bote en bote para ver aquel Barça donde aún jugaba Cruyf.

Mendizorroza por entonces, era un campo a la antigua usanza, como solo los habíamos visto en los NO-DOS y en blanco y negro. La contra tribuna lateral, donde estábamos ese día, tenía una cubierta de tejas, sostenida por columnas de madera, sobre un piso terrizo de unos diez desniveles, donde obviamente se estaba de pies.

Las semanas previas había nevado en Vitoria y alrededores hasta tal punto que, incluso algunos días quedaron cortadas las carreteras, y ese día (y los previos, como casi todo el año) llovía a raudales. El terreno de juego era un poema, charcos que se tragaban el balón, barro, mucho barro (que tiempos aquellos), y charcos que escupían la pelota en aguaplaning. Desde el principio los jugadores del Alavés (segunda división), se comieron a los del Barça, que eran incapaces de dar dos pases seguidos. El mejor fue Artola, el portero, y Cruyf estuvo, si, pero procuraba estar donde no había, ni balón ni posibilidades.

A nuestro alrededor la gente rugía de placer viendo como sus jugadores se imponían en el campo, y un grupo, dotado de los correspondientes chorizos, salchichones, barras de pan… se pasaba una enorme bota de vino, de unos a otros, sin parar. Cuando no tenían la boca llena, la empleaban en gritar ¡catalanes burgueses…! ¡catalanes capitalistas…! ¡catalanes fascistas…! ¡catalanes ladrones! ....  la retahíla no parecía tener fin, y llego un momento en que no me pude aguantar más.

-Oiga ya está bien de insultar no…? –me dirigí al que tenía a mi espalda.

-¡Hostia! ¿Qué pasa, que sois catalanes…?

-Pues sí, y ni somos fascistas, ni ladrones, ni burgueses…

-Coño… perdonad, que no queremos molestar… -¡Eh… dejad de insultar, que estos chavales son catalanes y es buena gente…! - Les gritó a sus colegas -… y pasad la bota y los fiambres para aquí a estos chavales, que todos sabemos lo que es la mili….

Aquella gente venía de Miranda de Ebro y el Alavés les daba igual. Habían ido a divertirse y a ver perder al Barça… y consiguieron las dos cosas. Nosotros no nos divertimos, pero también vimos perder al Barça, aunque eso si, pese al disgusto de la derrota por el ridículo que habían hecho, nos pusimos a gusto, bota va, bota de vino viene. ¿Y Cruyf? Se marchó como quien dice sin haberse manchado las botas, pero para dar la nota le montó un sarao al impresentable de árbitro, para que lo amonestase ante el regocijo y las burlas de todo el estadio.

Ahora, treinta y nueve años después, la final de Copa me ha traído a la memoria aquella noche de febrero, empapados en agua bajo la vetusta cubierta de Mendizorroza. Y lo peor es que, mirando la prensa con la crónica de ese día, alucino con el titular de El Mundo Deportivo “eliminatoria encarrilada”, “clima de trámite en el once azulgrana”. ¡¡Clima de trámite!!


jueves, 5 de enero de 2017

La noche de Reyes


Ahora que la casa duerme al compás del reloj de pared del comedor, tac-tac tic-tac, esporádicos ruiditos desconocidos y algún ladrido lejano, que hace más notable el resto que solo es silencio, no quiero ponerme ritualmente nostálgico (entre otras cosas tampoco es mi estado de ánimo en este momento), pero sí me parece ver los fantasmas de quienes hemos sido niños entre estas mismas paredes, a lo largo de décadas de cobijarnos entre ellas en una noche como esta. Noches de reyes frías, ventosas, algunas incluso teñidas de blanco, pero con el común de la ilusión. Nervios que te impedían coger el sueño, y nervios que hacían temblar inconteniblemente todo nuestro cuerpo, al levantarnos y descubrir aquellos objetos que colmaban todos nuestros deseos, independientemente de que se tratase de lo que habíamos pedido en aquella carta garrapateada con más o menos habilidad, dirigida a nuestro rey favorito. Cacharritos de cocina de aluminio y muñecas de cartón para mis hermanas, la cajita de lápices Alpino, mi cartuchera y mi pistola, que este año en lugar de con un sombrero vaquero de plástico, era un plumacho indio con su machete de goma, y sobre todas las cosas, aquel triciclo de asiento rojo y unas cintas colgando de las empuñaduras, con el que entré triunfal en la habitación de mis padres (que también era la mía), para enseñárselo y compartir con ellos mi alegría, y ahora aún recuerdo sus caras de ilusión y también comprendo esa ilusión. Al día siguiente, excepcionalmente, los niños íbamos a la escuela del barrio con nuestros juguetes, y allí iba yo, calle terriza abajo, arrastrando de una cuerda un camión con bombonas de butano, penacho de plumas, pistolera al cinto y el machete asomando del bolsillo. Eran años en que no queríamos saber, para que la realidad no matase la ilusión.

Bastantes años después, aquellos niños fuimos también reyes y tampoco queríamos que la realidad matase a la ilusión. Primero fueron Jordi y Carlos, y más tarde, también aquí mismo donde estoy yo ahora, Rocío y Alejandro, quienes subían corriendo al comedor y nos despertaban, enseñándonos ilusionados todo aquello que habían encontrado.

Esas noches especiales con la banda sonora de radio Barcelona y "ningún niño sin juguetes" (luego, cap nen sensa jogines), que solían empezar yendo a llevar un pequeño donativo y luego, la espera de que por fin cogiesen el sueño para empezar a preparar las cosas; entre sorbitos al chupito y los clásicos comentarios del yayo Rafael sobre la excesiva cantidad de juguetes que tenían los niños "de hoy en día", y por eso "no saben apreciar las cosas"... en definitiva, noches de ilusión.
Son ya más de las cuatro de la madrugada y a este paso, como no me duerma, no van a venir los reyes. Espero que hayan entendido que cuando me declaro republicano no me estoy refiriendo a ellos.

"Queridos Reyes Magos, este año......"